CRÓNICA DE LA PLUMA FUENTE ROBADA
por Roberto Castillo Sandoval
Toda semejanza con personajes o situaciones de la vida real es coincidencia. Los nombres se han alterado para proteger a los inocentes de siempre.

Nano Tapia entró al dormitorio a dejar su parka y se encontró con el candidato de pie a la orilla de la cama. Estaba concentrado revisando los bolsillos de su abrigo y de su chaqueta, murmurando, volviendo a revisar. Como si se acordara de algo, se hurgó en los pantalones. A Tapia se le quedó grabada esa imagen del candidato en un dormitorio ajeno, palpándose los costados y las piernas, hablando solo.
-Con permiso—dijo. Se acordó del comentario de Vergara, que decía que el terno azul oscuro, mal cortado y demasiado liviano para la estación, era impresentable para un aspirante a la presidencia de la República. A Tapia el traje le pareció bien, estaba un poco arrugado, eso era todo. Tosió para hacerse notar. El hombre del terno se sobresaltó.
-Ah, era usted, … usted.
Tapia lo había guiado de una reunión a otra, recorriendo todo Manhattan, por casi dos días. Suficiente tiempo para aprenderse un nombre –pensó—aunque sea un nombre tan común. Se acordó de una frase de su escritor predilecto: “Ciro, rey de los persas, sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos”.
-¿Le puedo ayudar en algo?—dijo, para disimular su bochorno.
Mientras esperaba la respuesta pensaba que a Ciro no le sirvió de nada saberse el nombre de sus soldados cuando le llegó su día. Además, el mensaje de ese cuento, según lo que le habían enseñado, era que la memoria perfecta es una forma de utopía: apetecible pero inhumana, la memoria total produce monstruos. La respuesta del candidato lo sacó de su reflexión.
- Fíjese qué tontera; no encuentro mi pluma fuente.
Tapia movió los labios en silencio, formando las sílabas plu-ma-fuen-te-plu-ma-fuen-te. Se produjo una rara simetría: el candidato no estaba seguro del nombre de Tapia y Tapia no sabía bien qué era una pluma fuente.
-La tenía en el bolsillo y ahora no la encuentro. He buscado en todas partes.
Tapia no daba señales de entender qué era lo que se le había perdido al candidato. Los sonidos no tenían sentido, como cuando se repiten dos palabras juntas muchas veces y se desintegra la noción de dónde empieza una y dónde termina la otra. El candidato entonces le tradujo, golpeando la voz un grado más de lo necesario:
-Mi lapicera, hombre, mi lapicera.
Cuando vio la cara enrojecida de Tapia, el candidato se mojó los labios con la punta de la lengua, con la expresión de alguien que perdió la costumbre de pedir disculpas.
-Ya ningún joven sabe lo que es una pluma fuente –comentó, como si hubiera alguien más en la pieza, y luego se explicó, cálido, casi en voz baja:
—Lo que pasa es que necesito anotar algo urgente antes de que se me olvide.
Sin vacilar, Tapia metió la mano en su parka y le pasó su propia lapicera, una de plástico transparente de a dólar, punta fina, tinta azul. El candidato garrapateó un par de palabras en una libreta que guardó en el bolsillo interior de su chaqueta. Luego se quedó pensando, inmóvil, vuelto de medio perfil hacia la ventana, arropado en su seriedad fría.
Tapia pensó que tal vez el olvido de su nombre era una señal de cansancio. El hombre madrugó y puso todo su esfuerzo para lucirse en cada actividad de la agenda que el comando neoyorquino le propuso: dos días completos, con pre-desayuno, desayuno, post-desayuno, encuentros de protocolo, almuerzo, recepciones, very nice, las sonrisitas, los apretones de manos, los palmoteos, sin pausa, todo en su inglés oxidado pero digno, ese inglés de los años 60 con que se dio a entender frente a la prensa, los think-tanks y a la élite financiera. Cualquiera estaría cansado, y a su edad aún más.
Tapia tenía el hábito de confundir sus propias emociones con las de los demás, y se le ocurrió que el candidato podía estar algo triste. Aplastó la idea, antes de que se metamorfoseara en una preocupación más negra que cualquier tristeza. A nadie le servía un candidato cansado, pero un candidato triste sería un desastre. Aspiró una bocanada de aire y la dejó salir de a poco por los labios apretados, sin poder sacudirse la idea de que el presidenciable, tan solo en esa pieza neoyorquina, proyectaba un aire innegable de melancolía.
Mientras Tapia lo observaba, el candidato volvía en sí: se abrochaba el botón del medio de la chaqueta y se aplanaba las solapas rebeldes con las manos. Tal vez Vergara tenía razón –se dijo Tapia—ese terno es un trapito.
-Se me debe haber caído no más por ahí—dijo el candidato, y se palpaba el pecho como si le doliera el corazón.
El hombre se había avejentado desde los días del NO, pensó Tapia, al notar el ángulo descendiente de sus hombros y la espalda con su corva incipiente. Diez años no pasan en vano.
-Debe estar entremedio de toda esa ropa, yo se la voy a buscar, no se preocupe, ya aparecerá donde menos se lo espere.
El candidato levantó las cejas y se pasó las manos por la cabeza para ordenarse los escasos pelos.
-Where you least expect it. ¿Así se dice, no?
-Exacto. Además, trae buena suerte perder algo en Nueva York—añadió Tapia.
Le estaba inventando cuentos a un futuro presidente de la república. Ni él mismo supo de dónde sacaba eso de Nueva York y la buena suerte. Todo neoyorquino sabe que cuando se pierde algo en Ciudad Gótica, es para siempre. Y si lo perdido se encuentra, está irreconocible: una billetera destripada, un auto depredado, una maleta abierta a tajos, un anillo sin su brillante, una bicicleta con las ruedas tronchadas, un amigo con quien ya no queda nada de qué hablar. Pero prefirió darle pase al instinto, y el instinto le decía que su deber era tranquilizar al candidato, a toda costa, para que terminara el día con la misma fuerza con que empezó, with a bang. Tapia se felicitó de la naturalidad con que le salió la invención de la buena suerte, a pesar de que no pareció surtir más que un breve efecto en el ánimo del candidato.
-Igual yo se la voy a encontrar- le aseguró.
-Es un regalo de mi madre.
Lo murmuró con una voz grave y algo temblorosa. A Tapia se le gatilló la alarma en la cabeza con mayor fuerza. Ya se acercaba la hora de la reunión; el candidato no podía mostrarse así, afectado por el desánimo del supersticioso que ha perdido su mejor talismán. Lo necesitaban canchero, para que pudiera hacer lo suyo otra vez frente al selecto grupo de compatriotas jóvenes que lo esperaba en la sala: tenía que salir a inspirar, persuadir, argumentar. Tapia lo había visto en acción. El hombre había perfeccionado una fórmula simple pero muy eficiente: primero delineaba los problemas con lucidez y elegancia. Luego, al presentar las soluciones, proyectaba una intensidad amenazante y mandona, lo poseía una ira ejecutiva que avasallaba sin apelaciones. Esa suma de intelecto más autoridad le funcionaba como sucedáneo del carisma que no tenía. Tapia se acordó de la vez que le había mostrado a la DF el video del famoso dedazo, y ella, que no tenía idea de quién era ese hombre, lo caló con precisión absoluta: “ese güey, más se encabrona, más parece que hubiera que hacerle caso”.
-Le prometo que se la encuentro, no se puede haber perdido—reiteró Tapia. Apretó los párpados para bloquear la voz de la DF, la interferencia eléctrica de su acento chilango.
El candidato se puso a mirar por la ventana, sordo a la promesa de Tapia, dándole la espalda y empinando los talones al ritmo de sus pensamientos.
2

En ese momento Tapia tendría que haberse concentrado en la crisis de la pluma fuente, pero la DF lo había sorprendido por la espalda. Vino y le rozó la oreja con su aliento, lo atenazó de las muñecas y cuando lo tenía así, sumiso, le advirtió que estaban en su ciudad, la de ella, que no se iba a poder esconder y que si se perdía lo iba a buscar calle por calle, casa por casa, recámara por recámara. Así lo dijo, cortando las sílabas y riéndose. Le señalaba el ángel dorado de Insurgentes y los contornos tenebrosos del bosque de Chapultepec. En la oscuridad de su primer crepúsculo mexicano, Tapia sintió en la cara la corriente de aire que limpiaba el olor mustio de ese departamento que llevaba años sin ser habitado más que por un par de fantasmas. Todavía le zumbaban los oídos con el ruido del avión. Sentía la lengua agria, los dientes ásperos, las manos frías. La sangre corría casi sin oxígeno por su cuerpo y le punzaba la nuca con cada latido. A ella eso no le importaba nada. No le importaba que estuvieran en la casa de sus padres muertos, entre las paredes que la vieron crecer. Le metió la mano bajo la camisa y Tapia sintió un reguero casi líquido de escalofríos bajando por su espalda. Cuando ella quería guerra no tenía piedad, y en ese momento lo que quería era una pequeña guerra mundial. Tapia aspiró la fragancia de la Ciudad de México, y era igual al olor de ella: humo diésel, cáscaras de naranja, chicle de fruta. La DF tenía bien puesto el sobrenombre, estaba impregnada del aroma de su ciudad. O sería al revés, pero a quién le importaba el orden.
-Ni siquiera sé para qué lado estoy mirando, no sé ni qué hora es, así no vale—protestaba Tapia.
-Todo se vale –le contestaba ella—todo se vale.
Cumplió la amenaza, recámara por recámara. Lo tendió ahí en el mismo cemento húmedo del balcón, suspendida con él en la penumbra a varios pisos de altura. Le borró el dolor de cabeza con la punta de los dedos en sus sienes, marcó el filo de sus dientes en sus hombros, con su boca de chicle fresco le endulzó las encías, el paladar, le enseñó a deleitarse con el aire enrarecido y el vértigo de esa ciudad desconocida. Y como era su costumbre, relató todo lo que hacía y todo lo que quería, con ese acento que Tapia asociaba con los doblajes de la televisión en las tardes de su infancia provinciana. Luego se quedó dormida encima de él, sin decir palabra. Así lo había enamorado, sorprendiéndolo a cada vuelta, sin darle razones, incomodándolo. Tapia también se durmió, acariciándole la espalda con sus manos abiertas, el corazón latiendo en paz, al compás de la canción vieja que ella había puesto en el tornamesas de sus padres, la canción que ella decía que había sido escrita para él, mucho antes de que naciera, let your honesty shine shine shine, nánana nánana, the only living boy in New York.
3
Se la sacó de encima, cerrando y abriendo los ojos. Se puso de rodillas y pegó la cara al parquet frío para asomarse al inframundo debajo de la cama king size. Vio un paisaje lunar de luz azul, motas de polvo fulgurando como constelaciones minúsculas, una moneda de 25 centavos, olvidada y opaca. El gato de la casa, un tigre en miniatura, espantado por la conmoción de tanta gente que llegaba al departamento, había buscado refugio en esa penumbra. Fijó el resplandor tornasolado de sus ojos en la mirada de Tapia. Debajo de la cama no había nada que se pareciera a una pluma fuente. Se incorporó sacudiéndose los pantalones, tratando de despegar de sus pupilas las sombras de ese submundo.
El candidato seguía ahí, adquiriendo su silueta de estadista. Miraba por la ventana, sin prestarle atención a la búsqueda que realizaba el muchacho de cuyo nombre todavía no se podía acordar: Tano, Tato, Nato, Nano, algo así.
Tapia estaba inclinado hacia delante, esperando que le volviera la sangre a la cabeza. Tenía las manos apoyadas en las rodillas y miraba el suelo como un futbolista que acaba de causar la derrota de su equipo. Sintió deseos de vomitar y se dio cuenta de que no había comido nada en todo el día, por culpa de los nervios, de la excitación. Cuando ahogaba una arcada con regüeldo de café amargo, habló el candidato, y dijo:
-Ésta es una vista privilegiada.

Tapia se limpió los labios con la manga de su camisa negra y se enderezó a mirar la escena neoyorquina: Washington Square se iba llenando de gente a medida que avanzaba la tarde de sábado. Observó el limpio arco de triunfo, las veredas amplias, los volúmenes y las superficies de un lugar público perfecto, iluminado por el sol casi primaveral. Era un diseño orgánico, majestuoso, que no perdía la virtud de la sencillez y presentaba así, poblado en una tarde de fines de invierno, el cuadro viviente de una sociedad libre. Si hacía el ejercicio mental de borrar a los sin-casa que circulaban por el perímetro como asteroides fétidos, con sus negras bolsas de basura a cuestas, y si uno no le daba importancia al hecho de varios de esos árboles centenarios sirvieron de cadalsos naturales, Washington Square era una utopía hecha realidad.
Tenía razón el candidato: era una vista privilegiada. Un líder es eso, pensó Tapia: alguien que te hace descubrir lo que siempre has tenido frente a ti. La geometría del trazado se apreciaba desde la altura perfecta de ese ventanal, y las figuras humanas se movían por la maqueta viviente, como extras en una película, delineadas con los destellos de luz dorada de marzo en Nueva York. Había subestimado al candidato. El hombre no iba a perder la calma porque se le hubiera extraviado la pluma fuente con la que – se imaginó Tapia—escribió su memoria de grado sobre los grupos económicos (“Libro mítico pero defectuoso”, decía Vergara). Tapia observó la figura de hombros caídos, la cabeza calva y la barbilla erguida para atenuar la papada, las manos tomadas detrás de la espalda, mirando hacia el futuro con obstinación: profesor, padre y prócer. Parecía una estatua de sí mismo.
El candidato hacía girar la lapicera de plástico entre sus dedos un poco regordetes. Tapia la iba a necesitar para tomar las notas durante la presentación, pero no quiso pedirle que se la devolviera. Optó por el silencio, para disfrutar al máximo de esa intimidad, de su acto de voyerismo con la historia: el futuro presidente con la lapicera de plástico que él le había prestado, anotando ideas que se iban a plasmar en realidad.
Le pareció que el candidato, a contraluz frente al ventanal, tenía una cabeza enorme, casi desproporcionada con el cuerpo. Su silueta le recordó al poeta Zurita, que en tiempos de la dictadura había escrito sus enigmas con humo blanco en ese mismo cielo neoyorquino. Y ahora estaba ahí el candidato, mirando y escribiendo en el cielo azul piedra de Nueva York, con la tinta invisible de su pluma fuente, los sueños que salían centrifugados de su gran cabeza. Cuando hiciera su crónica de internet sobre los eventos de ese día, el acto de escribir en el cielo de Nueva York tenía que ser la imagen maestra, pensó Tapia, y se acordó otra vez de la DF.

4
-Da la casualidad de que todos los chilenos que conozco son cabezones –fue una de las primeras cosas que le dijo ella, con esa sonrisa mordida y chueca que tenía –pero tú no, cómo lo ves, tu cabeza es normal, a poco no eres ni chileno.
Tapia sorbeteó el Andy Warhol de cool-aid con gin que estaba de moda servir en algunas galerías del SoHo para las inauguraciones, hizo la pausa y le contestó:
—Tú eres la que no parece chilena, con ese acento. Hablas igual que la Chilindrina del Chavo del Ocho.
- Ni sé de quién me hablas. ¿De quién me hablas?
- Cómo no vas a saber. Es un personaje de un programa cómico mexicano, como tú.
- Yo no soy ni lo uno ni lo otro.
- Sí eres cómica y eres más mexicana que chilena, a estas alturas. Cómo no la vas a conocer.
- Nunca la he oído ni nombrar, pero gracias por el dato, y ahora con permisito, mucho gusto, que tengo que hacer como que miro los cuadros.
5
-¿A qué hora llega el resto de la gente? – preguntó el candidato, rescatando otra vez a Tapia del recuerdo de la DF. El ruido de las conversaciones en la sala ya reverberaba por todo el departamento que había prestado para la ocasión Vergara, a quien la revista Caras definía como “un joven economista con facha de modelo, con sus trajes italianos y aires de futuro ministro, Ivy League plus fashion”. Los invitados al evento entraban en confianza, se presentaban, se reconocían soltando carcajadas y gritos de entusiasmo cariñoso, los hombres palmoteándose para concluir los abrazos, las mujeres repartiendo besos y halagos. Después de saludarse, los asistentes entraban al dormitorio a dejar sus chaquetas, abrigos, gorros y bufandas, y se asombraban al encontrarse ahí mismo con el candidato mirando por la ventana. Dejaban sus cosas en la cama, como si se tratara de ofrendas, y se retiraban, disculpándose con gestos y muecas, algunos caminando para atrás. Tapia se sentía como el guardaespaldas de un mago que alista sus tramoyas antes de la función.

-En diez o quince minutos se supone que empezamos—le avisó – Si quiere le voy a buscar algo de comer. Cuando empiece la cosa no lo van a dejar ni respirar a preguntas.
-La verdad es que se me pasó el hambre. Con tanto café que tomé esta mañana tengo el estómago revuelto.
-Mire, – Tapia se acercó a la ventana y le señaló un rincón de la plaza –allá hay un choclón de invitados; se juntaron a hacer tiempo. Quieren llegar atrasados para no dar la impresión de que se volvieron gringos. Nostalgia pura.
Al candidato no parecía interesarle demasiado el análisis cultural de la diáspora, así que Tapia prefirió guardarse el resto de sus observaciones. El grupo le parecía una congregación de pingüinos tomando el sol en un témpano a la deriva. Un témpano a la deriva no era lo mismo que el cuadro viviente de la democracia. Se alegró de haberse quedado callado.
-¿Quiénes son los que están convidados?- preguntó el candidato, sin dejar de mirar por la ventana.
-Bueno, hay de todo—le dijo Tapia, contento porque el hombre que le puso el dedo en medio del pecho al dictador se dignaba por fin a buscarle conversación. Se dispuso a gozar del momento, pero en ese momento le pasó algo raro. Se le estrechó la garganta y le empezó a salir por la boca la voz de un desconocido. Era como escuchar una grabación distorsionada de su propia voz. No reconocía como propio el timbre que le salía de las cuerdas vocales, un timbre formal y genérico como de doblaje de televisión de los años ochenta. Trató de manejar el efecto tratando hablar como santiaguino canchero, como Schindler o el mismo Vergara, pero fracasó por culpa de las eses finales que de chico le enseñaron a asociar con el buen hablar, y por culpa de esas sh sureñas que en ese tiempo todavía se le escapaban por entremedio de los dientes.
-Hay de todo—decía esa voz de ventrílocuo que se posesionaba de su garganta—académicos, estudiantes, profesionales, artistas, gente diversa, gente de partido y gente sin partido. No todos shilenos, pero la gran mayoría.
El candidato asintió, encogió los hombros y los hizo girar hacia delante y luego hacia atrás, estirando el cuello hacia un hombro y después hacia el otro, como un boxeador antes de salir al ring, siempre mirando por la ventana.
Tapia respiró profundo en esa pausa y se atosigó con la mezcla de perfumes y colonias que emanaba de la ruma de abrigos y chaquetones que habían dejado los invitados. No le había querido decir al candidato lo más importante: que esa gente era toda suya, su gran acarreo cibernético, su lista de referencia electrónica hecha cuerpo.
6
El candidato no despegaba la vista de la escena de Washington Square. Está lejos todavía, pensaba Tapia al observarlo, pero se siente, se siente, aunque lo que se le venía encima no era fácil. Su rival tenía arrastre popular, fondos inagotables, y el visto bueno de curas y milicos. A él, en cambio, las sotanas y los uniformes le tenían alergia y odio, respectivamente. Tapia bromeaba con Vergara diciendo que no sabía si el candidato tenía menos carisma o menos plata. Como si esto fuera poco, el hombre tenía que estar esquivando las cuchilladas de sus propios aliados de coalición, que todavía soñaban con los treinta años en el poder anunciados en sus evangelios. Y claro, el dictador llevaba medio año preso en Londres, dándose vueltas en la trampa anglo-española, incrédulo y furioso, planeando el gran escape a golpe de bastonazos, transfiriendo fondos de banco en banco. En ese ambiente de rencores revueltos, la campaña del candidato corría el riesgo de irse en bandazos defensivos. Por eso había aceptado la gira a Nueva York. Aparte de recolectar fondos, allí podía cimentar antiguas alianzas y desanudar las suspicacias añejas que levantaba su etiqueta de socialista. Tenía que aprovechar de respirar un poco de oxígeno fuera de la caldera tóxica que era Chile. No eran tiempos fáciles, nada estaba ganado. Incluso cuando le decían “el candidato natural” era para indicar, a la chilena, que el camino estaba cuesta arriba: en Chile lo “natural” lleva las de perder contra lo artificial y lo cocinado.
7
A pesar de que le salió esa voz tan extraña, Tapia sintió que algo en él se relajaba, porque por lo menos había entablado una conversación con cierta naturalidad. Cuando se lo presentaron, se había paralizado, sin saber cómo dirigirse al candidato, aun sabiendo que la primera impresión es la que vale. Se había quedado callado como un saco de papas en esa oportunidad de oro. En su crónica de internet de ese primer día, escribió que estando solo frente al arco desguarnecido, con la pelota totalmente dominada, no había ni siquiera atinado a patear. Katerina lo presentó con un epíteto, igual que los héroes griegos: “Y aquí está Nano Tapia, el más leal de los leales”, pero Tapia no entendió el pase, no la supo acomodar bien para el remate, y justo en el momento en que iba a decir algo trascendente o por lo menos más ingenioso que “mucho gusto”, vino Schindler, agarró al candidato del brazo y de los hombros y se lo quitó, sin saludar, como si en la corbata tornasolada de seda italiana o en el cuello imposiblemente almidonado de su camisa de abogado highpower llevara un letrero que decía “ábrele paso, pendejo, al hombre de mundo, yo me hago cargo”. Claro, pensaba Tapia, en ese momento estábamos en el Council of the Americas, no podían dejar al candidato perdiendo tiempo con un insignificante como él, con su parka estilo La Polar, sus zapatos plásticos de PayLess, su corte de pelo de 5 dólares, su uniforme negro de estudiante de postgrado en Nueva York. “Toma las llaves y estaciónamelo bien, pero no me rayes el auto”, le había dicho Schindler, y Tapia no había sabido descifrar si el abogado, que le palmoteaba sin cesar la espalda al candidato, hablaba en serio o en broma.
Se le quedó atravesado en la garganta todo lo que tenía pensado decirle: “qué onda, a ver, hay que ordenarse, los beatos hace rato que le pusieron grasa al engranaje y echaron a rodar la vieja máquina, the machine, como las de acá, como las del peronismo y las del PRI, tienen cuadros preparados, tienen ambiciones claras, conocen el poder de una nomenclatura, quieren seguir copando y consolidando posiciones, tienen tradición y máquina y yo la he visto en acción, la vi en Chicago, la vi en México, la he visto en Nueva York, al final del día, las máquinas son las que ganan las elecciones apretadas, porque no podemos depender de la alegría, hay que organizar los cuadros del progresismo laico para gobernar bien; la alegría es un estado de ánimo, no una política pública, hay que eliminar a Pinochet, pero con balas políticas, hay que hacer que se vuelva irrelevante”.
Y también se quedó sin decir lo otro, lo que más quería salir de su boca: “yo fui el que organizó todo, yo fui el que coordinó la agenda y los detalles, yo fui el de la negociación por los espacios, yo hice las llamadas para la seguridad, mía fue la conseguida de teléfonos, yo soy el que elaboró la lista de invitados, la lista selecta de correos electrónicos es la mía, son obra mía estos dos días que usted ha pasado con la crème de la crème neoyorquina, desde Soros a Forbes, el Council of the Americas, yo fui el que dije ‘y Rockefeller por qué no’, y por qué no los sindicalistas chilenos, los viejos ex upelientos, los ex miristas escapados de la DINA que se vinieron a hacer la revolución al Bronx y a Queens, para que se luzca y saque brillo, para que saque prensa, photo-ops, lo que quiera, este medio centenar de invitados elegidos por mí que pagaron su buen palo para venir desde todos los puntos importantes de la costa este, de Boston a Washington, a la conversación íntima con el hombre del dedo, todo esto, todo, nació de una idea mía. Pero se equivoca la Katerina, señor presidente, quiero decir, señor candidato. Mi fuerte no es la lealtad personal, me va a disculpar si es que suena a falta de respeto, yo creo en el proyecto, no en la persona, usted en el fondo da lo mismo, con todo mi respeto se lo digo, lo que vale es la idea, los principios por los que usted y yo madrugamos esta mañana. Igual como usted se las cantó a la gente del Council of the Americas, en eso creo: que el mercado es sabio, pero que el chorreo no basta, que hay que abrir la democracia, terminar con los enclaves autoritarios, separar la iglesia del estado, como en los tiempos de la república, hacer que las oportunidades sean iguales para todos, borrar la extrema pobreza, nivelar la cancha para ver quién es quién, porque la democracia no funciona sin la meritocracia”.
8
-No nos vamos a quedar aquí encerrados todo el rato, Tapia—decía la DF, tendida junto a él, mientras le pasaba la yema de sus dedos flacos por las cejas, como si algún día se las fuera a emparejar – Este apartamento me pone nerviosa con tanta arpillera llena de polvo en las paredes.
-Sácalas, si quieres yo te ayudo.
-No, nos pasaríamos la noche estornudando. Además, tengo hambre y quiero que veas cómo vive la banda aquí en la mera Chingolandia. Vístete, que la noche se hace corta, ándale.
-Pero mañana tenemos que salir temprano, ¿o no?
-Y qué, tú ya dormiste como si te hubieran dado con un chipote en la cabeza.
-Es el aire.
-Qué aire, si no hay aire.
-Quise decir el aire, no el viento.
-Ah, platícame en español.

Salieron a la oscuridad tibia y fragante; caminaron a lo largo de una avenida mal iluminada en dirección al bosque de Chapultepec. Ella lo abrazó por la espalda y le metió las manos hasta el fondo de los bolsillos, iluminados sus ojos por los faros de los automóviles en la noche púrpura de México City. Le extrajo el pasaporte y la billetera.
-¿Qué estás haciendo? Ladrona. Devuélveme mis cosas.
-Tranquilo, es que las cosas de valor mejor me las guardo entre las chichis, ¿cómo lo ves?, así las hago desaparecer—decía ella, y se reía.
-Déjame un par de monedas por lo menos. ¿Qué pasa si me dejas botado por ahí sin tener cómo volver? Y saca la mano. Nos están mirando.
-Nadie ve nada, lección número uno, en el D.F. la calle no es para andar viendo nada. Eso es de turistas. Si quieres la neta, acá tienes que meterte en los sitios cerrados, ahí es donde se mira la gente tal cual, ahí es donde te echan los perros en serio si es que te andan con ganas. La calle es para llegar de un sitio a otro y si tú no te chocas con nadie, pues nadie existe. Qué, los cientistas políticos no leen a García Canclini, estamos chingados. No te rías, cabrón. Esto es lo que les espera a ustedes, este virus marcha de norte a sur, no me veas como si estuviera loca. Y abrázame que me dio tantito frío.
Tapia le tocó la cintura descubierta con la palma de la mano y sintió que a ella se le erizaba la piel. Siguieron caminando, pero de cuando en cuando ella se le apretaba contra el cuerpo con tanta fuerza que tenían que detenerse. Le iba diciendo cómo se llamaban los árboles, que para él eran nada más que eso, árboles, todos iguales. De sus labios brillosos de rouge morado, brotaban palabras que para Tapia no existían: jarilla, madroño, ginko, retamo, jacarandá, colorín, sicómoro, tepozán, liquidámbar, ahuehuete.
-Ése ahí se llama el árbol-que-oye. Y ese otro es un trueno.
-Cómo va a ser un trueno si es un árbol.
-Pos como oyes, ése es un trueno.
Tapia anotaba en su libretita, aunque ella se riera de él, porque quería poner todas esas palabras nuevas en su crónica de México D. F.
-¿Cómo se escribe ahuehuete?
-Pos con un chingo de haches, güey.
9
Los invitados que hacían hora en Washington Square se animaron a cruzar la calle y tocar el timbre del departamento, ansiosos por tomarle los puntos al candidato. Algunos habían aceptado la invitación no por afinidad política sino por curiosidad. Tapia sabía que entre ellos tenía que haber un infiltrado que venía para escanear el ambiente, detectar debilidades, robarse algún dato, cualquier declaración descuidada que pudiera usarse para torpedear la campaña del candidato. Los contrincantes sabían que el espionaje tarde o temprano podía rendir buenos frutos.
Cuando se preguntaba quiénes serían los infiltrados, Tapia la divisó, enmarcada en el arco triunfal, al otro extremo de la plaza. Venía a cumplir su palabra, porque ella no amenazaba en vano. Caminaba con su aire de aquí vengo yo, Juana Gallo, lista para agarrarse a escopetazos con un tren lleno de pinches federales. Con el corazón agitado, Tapia la observó atravesar la plaza. No sabía qué sentir: por una parte quería que se fuera lejos, y por otra no quería más que tenerla cerca, oler su pelo, quemarse las pupilas con su sonrisa incandescente, sentir la curva de su cintura en la mano, estar con ella en un balcón suspendido en medio de ciudad de México, con el cuerpo todo hecho un destello. Cuando estaba a punto de cruzar hacia la Quinta Avenida, la DF botó su cigarrillo al suelo y lo mató con la punta del zapato. Nunca iba a pasar desapercibida entre chilenos con esa actitud de princesa azteca, pensó Tapia. Tenía la dentadura demasiado perfecta, usaba pañuelos colorinches y ropa usada, pronunciaba la palabra “huevón” marcando cada letra, y no le importaba quedar como loca con sus listas de botánica y con sus teorías de conspiración:
-¿Tapia, y qué hay si vienen y te lo hacen chingar, delante de ti, en Nueva York, como a Letelier?
-Ya pasaron esos tiempos. No se atreven.
-¿Me vas a decir que en alguna parte del planeta no hay un par de cabrones que le quieran echar ganas al intento, especialmente ahora que al chingón mayor lo tienen apañado?
-Pensarlo es fácil, pero no se atreven.
-Pues pensarlo siempre es la parte más difícil, entre pensar en algo y atreverse no hay mucho trecho, no te engañes.
10
Al despertarse le dijo que aprovechara de salir a conocer la ciudad, porque ella iba a ir sola al hospital. Así era la DF, rara, capaz de pedirle que la acompañara a México apenas una semana después de conocerlo y después dejarlo solo en una ciudad desconocida. Pero cuando llegó el momento de partir, sin decir nada, le agarró la mano y no se la soltó hasta que cruzaron las puertas automáticas del Hospital Metropolitano. En el metro estuvo muda, y eso que nunca le faltaba tema, especialmente si se trataba de un viaje dentro de su D.F., la ciudad de su infancia. La conocía como su propio cuerpo, eso le decía, conocía todas sus historias y todos sus recovecos. Pero esa mañana estaba callada, dejándose llevar por el vaivén de los vagones. De vez en cuando miraba a Tapia –lo veía, diría ella—con sus ojos de animé, susurraba el nombre de la próxima estación, y le pasaba el dorso de la mano por la cara. Se comportaba como si lo estuviera acompañando a una consulta médica en la que a Tapia le iban a confirmar un diagnóstico de muerte. La gente del vagón, sabiendo que esa línea pasaba por el hospital, lo miraba a él con lástima, viendo en su palidez y en sus ojeras el anuncio de su final trágico. Algunos se apartaban, temiendo un contagio letal. A ella, en cambio, le sonreían, dándole fuerzas para que sobreviviera la muerte de su amor, y ella les devolvía la sonrisa, agradecida. Tapia observó que ella tenía los ojos brillantes y la piel tersa, a pesar de no haber dormido en toda la noche. Se veía preciosa, incluso bajo la luz mortecina de los carros del metro de México D.F., que –le pareció a Tapia—eran idénticos a los de Santiago de Chile.
Lo dejó sentado en la recepción del hospital mientras averiguaba dónde tenían a su hermano. Luego lo tomó de la mano, igual que en el metro, como si él fuera el enfermo, y lo guió por los pasillos hasta un ascensor y de ahí a otro ascensor que daba a otros túneles larguísimos, hasta que llegaron a la pieza.
El cuarto olía a carnicería y a cloro. El hermano estaba rodeado de máquinas y le habían metido tubos y delgadas mangueras de plástico en la nariz, la boca y los brazos; su pecho desnudo subía y bajaba al ritmo del respirador artificial. Tenía la misma frente limpia y amplia de su hermana, las mismas cejas como dibujadas a lápiz, la misma boca delicada de labios abultados. Tapia miró la piel de su frente, y se preguntó si ahí, bajo ella, estaba la conciencia del enfermo. Ella se inclinó sobre la baranda del catre y pasó los labios por la frente de su hermano. De pronto, Tapia quedó sordo con el tintineo del mal de altura. A través de ese ruido y de los pitidos de la maquinaria médica, cayó en cuenta de que ella le había ocultado la rzón verdadera de ese viaje repentino: ese muchacho idéntico a ella estaba mal, parecía que se estaba muriendo. A eso lo había traído, a ayudarle a encargarse de la muerte de su hermano. Apenas se conocían y ella lo había llevado a México para sumergirlo en la intimidad desolada de un rito funerario, sin decirle nada, confiando en que el entusiasmo intoxicante de su enamoramiento les iba a dar la energía necesaria, confiando en que la avidez y la fruición de sus cuerpos iban a ser suficiente contrapeso ante la muerte.
11
El candidato se ubicó en el lugar perfecto del amplio living, apoyado en el borde del ventanal por donde entraba el sol, lejos de la mesa donde la gente se arremolinaba para los postres y el café. Esperó hasta que todos se ubicaran en sus puestos. La gente se amontonaba en los sillones, algunos compartían una silla y muchos estaban de pie, agolpados contra las paredes. Se hizo un silencio. El dueño de casa, el economista Vergara, presentó al invitado de honor con la gracia y la cordialidad aprendida de su padre diplomático, apretando las mandíbulas entremedio de sus frases de buena crianza, impecable en su tenida de última moda. Los asistentes lo aplaudieron con vehemencia. Entre los aplausos, Tapia oyó que alguien comentaba en voz baja que Vergara se las sabía todas. Otra voz respondía que pintaba para ministro. No, decía otra, este gallo es un académico, no sirve para la política, no dura ni un mes de ministro. La sala estaba bañada de sol. Se apagaron los aplausos.
El candidato agradeció la invitación. Indicó que había espacio para sentarse en la alfombra alrededor suyo. Con ese gesto tan simple de profesor experimentado, se las arregló para establecer su control de la situación. Inventó así un anfiteatro de tres niveles: alumnos sentados en el suelo, otros alumnos sentados en sillas, sillones y sofás, y otros que se arrimaban a las paredes. Cuando el público se acomodó, dijo que venía más que nada a escuchar y a compartir ideas, sabía que estaba frente a un grupo selecto de compatriotas, gente llena de ideas y de energía nueva, y que por lo tanto, en vez de hablar, iba a tener los oídos abiertos. Fue el toque maestro para metérselos a todos en el bolsillo. Tapia miró alrededor de la sala para constatar el efecto del halago. Vio sonrisas, pechos inflados, mentones sostenidos en gesto de reflexión anticipada. Se palpaba la cordialidad mezclada con la expectativa y el franco entusiasmo.
En ese momento, se abrió la puerta y entró un tumulto de cinco o seis rezagados. Entre ellos, Tapia vio a la DF. Ella le sonrió mientras se sacaba la bufanda multicolor, y él oyó lo que ella le estaba diciendo con los ojos: “ves qué fácil fue colarse camuflada con un grupo, imagínate que en mi bolso trajera qué sé yo, cualquier cosa”. Él rehuyó su mirada, algo nervioso, fingiendo buscar en su bolsillo la lapicera que no tenía. Todo estaba saliendo tan bien, ella no debería haber venido, pensó Tapia.

Empezaron las preguntas de los invitados. Las respuestas del candidato eran claras y precisas: había que acelerar la transición, modernizar a fondo, aprovechar cada espacio, jugar con astucia para meter goles y con astucia para replegarse en el momento preciso. La gente tomó confianza, corrió una que otra broma que el candidato agarraba al vuelo y devolvía, sin perder el hilo de sus argumentos. Habló de arte dirigiéndose a los artistas, habló de rigor académico mirando a los universitarios, habló de comercio exterior señalando con su dedo histórico a los financistas presentes, les explicó vericuetos del derecho internacional a los leguleyos, se explayó sobre estrategia electoral con los politólogos, les demostró a los juristas que conocía mejor que cualquiera de ellos el derecho constitucional.
Tapia echaba de menos su lapicera para tomar nota de todo lo que estaba diciendo, pero le alegró recordar que la tenía el candidato en la tibieza de su bolsillo. Era su conexión secreta con el estadista que tenía fascinado a su público. Buscó los ojos de la DF pero ella no le devolvía la mirada. Estaba absorta, seria, escuchando al candidato. Las preguntas se fueron espaciando, las respuestas se fueron haciendo más escuetas, y Vergara se acercó al futuro presidente, listo para dar por terminada la sesión. Pero en ese momento se levantó una voz pidiendo la palabra. Tapia se pasó la mano por la frente y por los ojos al darse cuenta de quién era.
-A ver si puede explicar algo que no acabo de entender: ¿cuál es la diferencia que hay entre lo que usted ha estado aquí llamando equidad y lo que se entiende en español por igualdad?
El acento mexicano, tan preciso y cantarín, acentuando la d final de equidad y de igualdad, hizo que la gente se diera vuelta a mirar de dónde salía la pregunta. Tapia se limpió las manos sudorosas en el pantalón. El candidato no se inquietó. Él lo tenía todo bajo control.
-¿Quiere la respuesta larga o la respuesta corta?- contestó con la misma sonrisa fría que Tapia reconoció como una eficaz máscara defensiva.
-Pos yo tengo tiempo para la larga, pero ¿cómo lo ve usted?
Se oyeron murmullos de asombro, alguien soltó una risotada nerviosa, y un par de reclamos de parte del público agitaron la atmósfera del encuentro.
-A ver—el candidato se puso serio, porque detectó entre los oyentes un conato de desorden, y habló pausado—son similares, no es cierto, pero para mí la equidad es un concepto más amplio que lo que antes se entendía por igualdad. Para algunos …
-¿Es lo mismo pero más vago, es lo que dice usted?—la DF avanzó hacia el centro del salón para ponerse al alcance de todas las miradas y para que el candidato viera bien a la interlocutora que se atrevía a interrumpirlo. Tapia se fijó en que tenía los ojos más brillantes que nunca y si no la hubiera conocido habría dicho que había estado llorando.
-Todo lo contrario, señorita, la equidad es más preciso, más aterrizado. La igualdad se impone, mientras que la equidad hay que construirla de a poco, y por eso la experiencia histórica, como la de los socialismos reales ¿no es cierto? nos dice que al final del día la equidad es más sólida, más duradera que la igualdad.
Hubo aplausos para la respuesta. La DF miró a los que habían aplaudido, esperando silencio para su contra-ataque. Pisó el suelo con la punta del pie como si estuviera apagando una colilla rebelde. En ese instante, Tapia deseaba más que nada en el mundo que ella sonriera, que se sacara esa máscara de ferocidad que traía puesta, o que por lo menos que suavizara el cantito chilango, que hiciera el esfuerzo de hablar como chilena. Pensaba: “Ya hiciste tu gracia, DF, ahora quédate callada”.
-Entonces tal vez usted pueda dar un ejemplo para entender con qué se come eso de la equidad de a poco, porque a mí que soy medio mensa, pues la verdad es no me entra a menos que me hablen en concreto. Por ejemplo, ¿qué onda con los derechos reproductivos de la mujer? ¿Entra en el cálculo de la equidad, porque a una chava adolescente embarazada eso de a poco no le sirve mucho, no cree?
-¡Qué galla tan desubicada!—comentó una de las asistentes, con fastidio. Otros sesearon, imitando una silbatina a escala de salón. El candidato paseó una sonrisa por su boca y se mojó los labios con la lengua antes de responder:
-A ver, todo esto es válido, pero yo le haría la pregunta que a uno se le viene a la mente con estos cuestionamientos: ¿usted quiere que gane o que pierda las elecciones? ¿A usted le interesa que ganemos o que perdamos?—dijo, alargando la pausa entre pregunta y pregunta, con un tono golpeado, sacando exclamaciones de aprobación. La DF se adelantó al centro mismo del living y quedó a tres pasos del candidato. Con las botas de taco alto, se veía más alta que él.
-Mire, a mí me valen madre las elecciones que no cambian nada, le pregunto cuál es su postura sobre el aborto, para que platiquemos en claro.
Lo dijo haciendo fulgurar sus dientes extra blancos, luciendo su boca perfecta con cada vocal que pronunciaba. Era una sonrisa tan feroz que no parecía sonrisa pero que surtía un efecto doble de amenaza y seducción. Los chiflidos y los seseos aumentaron de intensidad. La incomodidad del público se palpaba en el aire. El candidato contemplaba el parquet, meditando su respuesta y esperando que se acallara el bullicio. Vergara le disparó una mirada a Tapia, arqueando las cejas como preguntándole quién era esa mujer. Tapia se encogió de hombros, mientras el candidato explicaba cómo, cuando fue ministro de educación, había negociado con el Cardenal para que los colegios dejaran de expulsar a las alumnas embarazadas. La DF no soltaba la presa:
-¿Entonces dice que en un gobierno suyo los derechos reproductivos de la mujer se negocian con la iglesia?
-Que se calle, que deje hablar a otros—exigió un estudiante de leyes. La DF, apenas volviendo la cara hacia atrás en dirección a donde había venido el comentario, dijo:
-¿Me vas a hacer callar tú, chingón? ¿Tú y cuántos más juntos? ¿Quién les explica la diferencia a los que se mueren esperando que chorree el pastel de la equidad?
Hizo una pausa, desenfundó su sonrisa, y disparó su último cartucho:
-Hablo por muchos años de silencio, cabrones.
Eso fue lo que alcanzó a decir antes de que las voces de protesta la hicieran retroceder, como si la hubiera hecho perder el equilibrio una de esas oleadas de reclamos que se levantaban desde todos lados para acallarla. Tapia veía que ella abría la boca, pero ya no se podían distinguir sus palabras entremedio del bullicio. La gente se había puesto de pie y ella se veía chaparrita, casi minúscula, en medio de un mar de hostilidad. El candidato tomó un largo sorbo de agua, esperando que se calmara el ambiente. Alguien abrió una ventana para que entrara un poco de aire.
El candidato le dijo algo al oído a Vergara, que se había acercado con un movimiento de guardaespaldas.
Como si se hubieran puesto de acuerdo, todos los invitados empezaron a hablar entre ellos. Las palabras de la intrusa se borraron en un manto de niebla acústica impenetrable, ahogadas entre murmullos y susurros. Era una performance colectiva de indiferencia ruidosa, una de las tantas maneras chilenas de imponer silencio. La DF levantó la voz, pero ya no se oía nada de lo que decía, y pronto ella desapareció entre la gente que se puso de pie, igual como desaparecieron sus preguntas en medio del aplauso que Vergara pidió para concluir el encuentro y agradecer al candidato. Invitó a tomar el postre y el café. Sonaron los platos, las tazas y los cubiertos. El sol de la tarde entraba horizontal por los ventanales. Vergara apretaba las mandíbulas como si masticara algo con las muelas del juicio, su versión de una sonrisa, mientras circulaba entre los invitados. Tapia sentía los brazos pesados y tenía la boca como si hubiera estado mascando tiza. Iba tener que dar explicaciones. Quiso tomar agua para refrescarse los labios pero no quedaba ningún vaso limpio.
12
Se le acercó Katerina; lo tomó de un brazo como si se lo estuviera llevando preso y lo condujo por el pasillo hacia la cocina, respirando fuerte por las fosas nasales. Lo estaban esperando Vergara y Schindler. A Tapia le pareció raro ver a dos hombres impecablemente vestidos en una cocina. Afuera empezaba a caer el crepúsculo. Por un ventanuco alto se filtraban la luz violeta del cielo y el resplandor de las primeras luminarias. Vergara cerró la puerta batiente y encendió la luz fluorescente. Entonces Tapia vio que en el rincón, casi escondida junto a un anaquel, estaba la DF.
-Qué pasa aquí—preguntó, sintiendo que le faltaba el aire.
-Ni idea, tú a lo mejor nos vas a explicar, huevón – Schindler estaba pálido.
-Explicar qué.
-¿Cómo que qué, Nano? Quedó la media cagá allá adentro. El candidato seguramente está furioso, no ha dicho nada, pero lo conozco, cayó en una emboscada—dijo Katerina.
-No manches, huevona, una emboscada—intervino la DF.
-¿Tú sabís quién es esta mina? Después de que se mandó el numerito la pillamos en la pieza de las chaquetas revisando bolsillos.
-No estaba revisando bolsillos.
Schindler intervino:
-Tú te callas. ¿Estaba o no estaba en tu famosa lista, Tapia?
Tapia la miró en silencio. La DF sacudió imperceptiblemente la cabeza, sin dejar de mirarlo a los ojos.
-No, la conozco, pero no sé bien quién es—dijo Tapia, después de una pausa.
-Yo estoy por que llamemos a los pacos—dijo Schindler, sin mucha convicción—yo estoy seguro de que a esta mina la he visto en alguna parte.
-¿Tú crees que me asustas, hijoeputa?—le respondió la DF, sin levantar la voz. Salió del rincón y dio un paso hacia Schindler. Los ojos le fulguraban.
-Salgan y déjenme, yo arreglo esto—dijo Tapia.
-Más te vale—contestó Vergara mientras cerraba la puerta después de dejar salir a Katerina y Schindler—. Voy a preguntar, y si alguien echa de menos algo, ella es responsable.
-Por mí no te preocupes, Tapia, que yo no voy a decir nada. Entré colada y eso es todo, y es la verdad.
-No me importa, dime qué estabas haciendo revisando bolsillos.
-Quería dejarte una nota en tu parka por si no te veía esta noche—le indicó el lado izquierdo. Tapia sacó un post-it morado del bolsillo, lo arrugó, y lo volvió a guardar.
-Siempre tienes que hacer las cosas de la forma más difícil.
-Se me pasó la mano. Es que ese maldito cabrón me colmó la paciencia.
-No era el momento de ponerse a hacer críticas.
-Nunca es el momento, Nano. Nunca es el fucking momento.
-Ya, salgamos de aquí, no me gusta estar encerrado.
13
La acompañó a la puerta y volvió a subir. El departamento estaba vacío. Sólo quedaban vasos usados, platos a medio comer, servilletas arrugadas y botellas vacías como testigos del evento. Vergara se soltó la corbata y le sonrió. Luego se acercó a Tapia, le puso la mano en un hombro y apretó fuerte, hundiéndole el pulgar en la clavícula, sin dejar desplegar su sonrisa masticada.
-Sacaste pololita y no le habías dicho a nadie. ¿Dónde la conociste?
-En la escuela, dando vueltas, y después nos encontramos por ahí en una inauguración. Es chilena.
-Habla como mexicana. ¿Cómo se llama?
-Padres exiliados en México. Se llama Chiloé.
-¿Chiloé?
-Así se llama, Chiloé.
-Se la cagaron con el nombre.
-Pero le dicen De Efe. Yo le digo De Efe.
-Y va en serio la cosa.
-Siempre anda dejando cagadas por todas partes, es como mono con navaja, tú viste.
La sonrisa no se borraba de la cara de Vergara.
-Espero la crónica, Tapia, te va a salir jugosa, y no te preocupís, que estas huevás pasan. Al candidato ya se le pasó el enojo.
14
Murió esa misma tarde, como si hubiera estado esperando a su hermana para dejar de resistir. Ella le preguntaba a los médicos si él podía darse cuenta de que ella había llegado a verlo. Le decían que no, que aunque abriera los ojos no veía nada, pero ella le insistía a Tapia que no era cierto, que su hermano le apretaba los dedos cuando ella le decía que había llegado, que le sostenía la mirada cuando abría esos ojos que eran idénticos a los suyos. “Llegué, vine a verte y te vengo a sacar de aquí”. Su hermano le apretaba la mano con sus dedos calientes y ella obligaba a que Tapia lo sintiera con sus propias manos, le tomaba el índice y lo ponía entre su mano y la de su hermano. Tapia sentía que casi lo quemaba el calor de esa piel, mucho más caliente de lo que se hubiera imaginado, mucho más suave. Y sí, sentía que él apretaba.
La doctora le dijo que quería platicarle a solas. Hablaron a puertas cerradas por mucho rato, en un cuarto contiguo, mientras Tapia se quedó en custodia del cuerpo, mirando cómo una enfermera con expresión de fastidio sacaba los tubos y los cables y los parches. Sentía en la espalda el calor del sol a través del ventanal en que se apoyaba. Estuvo mucho rato mirando el cadáver cubierto con una sábana verde en el catre de metal del hospital mexicano. La pintura que alguna vez había sido blanca estaba saltada y la sábana estaba cubierta de manchas antiguas, de otras sangres, de otras muertes.

De regreso en el hotel, Tapia le preguntó qué iba a hacer con el cuerpo.
-Eso no te lo puedo decir—le respondió ella—, no sé si alguna vez se lo podré decir a nadie.
Se pasó horas al teléfono, sentada en la cama de sus padres, mirando hacia el ángel dorado de Insurgentes, hablando con parientes repartidos por el mundo, dando la noticia, siempre igual, un libreto de palabras precisas que había escrito con su letra de microbio en un pedazo de papel.
“Llamo para dar pues una mala noticia. Se nos fue mi hermano. No sufrió, no sintió dolor, murió tranquilo y gracias a Dios que estuvo acompañado hasta el final. Muy bien atendido. Nada, hicieron todo lo que pudieron. Un aneurisma, una malformación de un vaso sanguíneo en el cerebro. Congénito, es decir, de nacimiento. Dicen que podría haberle pasado a los 10 años o a los 90, imposible de predecir. Podría no haberle pasado nunca. Estaba en la facultad jugando futból, sintió un dolor de cabeza y se desvaneció y de ahí mismo lo llevaron al hospital. No sufrió nada, es lo que dicen ellos, que ni se dio cuenta de nada. Me avisaron y me vine inmediatamente a verlo. Alcanzó a verme, es decir, alcancé a verlo con vida. Vine con un amigo. Un amigo chileno. No, ustedes no lo conocen. Acá mismo en el D.F., así lo hubiera querido él, voy a hacer lo posible para que quede al lado de ellos. Nada, sin ceremonia, algo simple. Panteón de Dolores. Órale pues, gracias. Besos para ustedes. No, no se preocupen. Adiós”.
Nano Tapia le acariciaba el pelo y no le soltaba la mano mientras ella marcaba números y daba una y otra vez, con variaciones del mismo libreto, la noticia de la muerte repentina de su hermano. Cuando llegó al final de la lista, Tapia la tendió en la cama y le cerró los ojos, acurrucándola hasta que sintió que se dormía. Apoyó su cabeza en la almohada, junto a la de ella. En el techo del cuarto se proyectaban las luces y las sombras del tráfico incesante de México, D. F., borrosas a través de sus lágrimas.
15
Tapia trató de convencerse de que la sonrisa de Vergara no era burlona. Se sacó de encima la mano con que el economista le apretaba el hombro, y se puso la parka para salir. Sentía los hombros agarrotados y los labios secos cuando salió a la plaza. Corría un viento helado. Así era marzo en Nueva York, frío en la noche de un día de sol. Como en Chile. Vergara le puso llave a la puerta de entrada y se quedó observándolo desde el otro lado de la reja.
-Olvídate, de esto no va a haber ninguna crónica—dijo Tapia.
-Bueno, mejor, pero una crónica no tiene por qué incluirlo todo. No eres ni Plinio ni Funes, sino Nano Tapia—murmuró Vergara, apretando las mandíbulas y dándole un giro al cerrojo.
Tapia divisó a la DF que cruzaba la calle en dirección al metro. Cuando la perdió de vista, hundió las manos en las profundidades de su parka y apretó el pedacito de papel que ella le había metido en el bolsillo. No era eso lo que buscaba: hurgó más abajo, abriendo los dedos, hasta sentir la redonda suavidad bruñida, perfecta, de su nueva adquisición. La apretó en la palma de la mano y, sin soltarla, cruzó hacia la Washington Square. Buscó un banco cerca de un farol. La sacó a la luz y la ondeó como si fuera una batuta. Entonces escribió con su flamante pluma fuente el comienzo de la crónica de ese día inolvidable:
“Entré al dormitorio a dejar mi parka y me encontré con el candidato de pie a la orilla de la cama”.

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comentarios:[1]
Te encontré por feliz azar… A veces el Destino me regala joyas como ésta… Excelente escritura, el rito, los diálogos… Fue una agradable sorpresa encontrarte… Ojalá tengas curiosidad por el mío que recién comencé hace una semana a publicar una novela por capítulos, “Amanece púrpura”; una novela en proceso, de la que ya he editado el primer capítulo y una parte del segundo. Iré escribiendo los siguientes siempre que haya lectores “suficientes” y “paguen” por su lectura con el impuesto revolucionario de sus comentarios… Bueno, hasta otra, en tu casa o la mía… Un saludo cómplice. Volveré.
11:54 AM
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