<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-18618136</id><updated>2011-04-21T22:25:00.933-04:00</updated><title type='text'>Ficciones secretas</title><subtitle type='html'>Caveat lector y bien vivo el ojo a la verdad de las mentiras</subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://ficcionessecretas.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18618136/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ficcionessecretas.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Roberto Castillo Sandoval</name><uri>http://www.blogger.com/profile/11990492289469280012</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://2.bp.blogspot.com/_jUILtfjfgcA/SiCs1KGzfcI/AAAAAAAAAbA/PBBIvDKdl9U/S220/Video+Snapshot-2.jpeg'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>8</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-18618136.post-8025890588085169326</id><published>2008-03-03T01:26:00.001-05:00</published><updated>2008-03-03T01:28:21.921-05:00</updated><title type='text'>CRÓNICA DE LA PLUMA FUENTE ROBADA</title><content type='html'>&lt;blockquote&gt;Toda semejanza con personajes o situaciones de la vida real es coincidencia. Los nombres se han alterado para proteger a los inocentes de siempre.&lt;/blockquote&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_jUILtfjfgcA/R8s7kMl-BRI/AAAAAAAAAHE/LM98DNpMSWo/s1600-h/pluma-fuente-punta.jpg"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://4.bp.blogspot.com/_jUILtfjfgcA/R8s7kMl-BRI/AAAAAAAAAHE/LM98DNpMSWo/s320/pluma-fuente-punta.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5173294090006955282" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;p&gt;Nano Tapia entró al dormitorio a dejar su parka y se encontró con el candidato de pie a la orilla de la cama. Estaba concentrado revisando los bolsillos de su abrigo y de su chaqueta, murmurando, volviendo a revisar. Como si se acordara de algo, se hurgó en los pantalones. A Tapia se le quedó grabada esa imagen del candidato en un dormitorio ajeno, palpándose los costados y las piernas, hablando solo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Con permiso—dijo. Se acordó del comentario de Vergara, que decía que el terno azul oscuro, mal cortado y demasiado liviano para la estación, era impresentable para un aspirante a la presidencia de la República. A Tapia el traje le pareció bien, estaba un poco arrugado, eso era todo. Tosió para hacerse notar. El hombre del terno se sobresaltó.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Ah, era usted, … usted.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tapia lo había guiado de una reunión a otra, recorriendo todo Manhattan, por casi dos días. Suficiente tiempo para aprenderse un nombre –pensó—aunque sea un nombre tan común. Se acordó de una frase de su escritor predilecto: “Ciro, rey de los persas, sabía llamar por su nombre a todos los soldados de sus ejércitos”.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;   -¿Le puedo ayudar en algo?—dijo, para disimular su bochorno.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Mientras esperaba la respuesta pensaba que a Ciro no le sirvió de nada saberse el nombre de sus soldados cuando le llegó su día. Además, el mensaje de ese cuento, según lo que le habían enseñado, era que la memoria perfecta es una forma de utopía: apetecible pero inhumana, la memoria total produce monstruos. La respuesta del candidato lo sacó de su reflexión.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;- Fíjese qué tontera; no encuentro mi pluma fuente.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tapia movió los labios en silencio, formando las sílabas plu-ma-fuen-te-plu-ma-fuen-te. Se produjo una rara simetría: el candidato no estaba seguro del nombre de Tapia y Tapia no sabía bien qué era una pluma fuente.&lt;/p&gt; &lt;p&gt;-La tenía en el bolsillo y ahora no la encuentro. He buscado en todas partes.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tapia no daba señales de entender qué era lo que se le había perdido al candidato. Los sonidos no tenían sentido, como cuando se repiten dos palabras juntas muchas veces y se desintegra la noción de dónde empieza una y dónde termina la otra. El candidato entonces le tradujo, golpeando la voz un grado más de lo necesario:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Mi lapicera, hombre, mi lapicera.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Cuando vio la cara enrojecida de Tapia, el candidato se mojó los labios con la punta de la lengua, con la expresión de alguien que perdió la costumbre de pedir disculpas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Ya ningún joven sabe lo que es una pluma fuente –comentó, como si hubiera alguien más en la pieza, y luego se explicó, cálido, casi en voz baja:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Lo que pasa es que necesito anotar algo urgente antes de que se me olvide.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Sin vacilar, Tapia metió la mano en su parka y le pasó su propia lapicera, una de plástico transparente de a dólar, punta fina, tinta azul. El candidato garrapateó un par de palabras en una libreta que guardó en el bolsillo interior de su chaqueta. Luego se quedó pensando, inmóvil, vuelto de medio perfil hacia la ventana, arropado en su seriedad fría.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tapia pensó que tal vez el olvido de su nombre era una señal de cansancio. El hombre madrugó y puso todo su esfuerzo para lucirse en cada actividad de la agenda que el comando neoyorquino le propuso: dos días completos, con pre-desayuno, desayuno, post-desayuno, encuentros de protocolo, almuerzo, recepciones, very nice, las sonrisitas, los apretones de manos, los palmoteos, sin pausa, todo en su inglés oxidado pero digno, ese inglés de los años 60 con que se dio a entender frente a la prensa, los &lt;span style="font-style:italic;"&gt;think-tanks&lt;/span&gt; y a la élite financiera. Cualquiera estaría cansado, y a su edad aún más.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tapia tenía el hábito de confundir sus propias emociones con las de los demás, y se le ocurrió que el candidato podía estar algo triste. Aplastó la idea, antes de que se metamorfoseara en una preocupación más negra que cualquier tristeza. A nadie le servía un candidato cansado, pero un candidato triste sería un desastre. Aspiró una bocanada de aire y la dejó salir de a poco por los labios apretados, sin poder sacudirse la idea de que el presidenciable, tan solo en esa pieza neoyorquina, proyectaba un aire innegable de melancolía.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Mientras Tapia lo observaba, el candidato volvía en sí: se abrochaba el botón del medio de la chaqueta y se aplanaba las solapas rebeldes con las manos. Tal vez Vergara tenía razón –se dijo Tapia—ese terno es un trapito.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Se me debe haber caído no más por ahí—dijo el candidato, y se palpaba el pecho como si le doliera el corazón.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El hombre se había avejentado desde los días del NO, pensó Tapia, al notar el ángulo descendiente de sus hombros y la espalda con su corva incipiente. Diez años no pasan en vano.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Debe estar entremedio de toda esa ropa, yo se la voy a buscar, no se preocupe, ya aparecerá donde menos se lo espere.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El candidato levantó las cejas y se pasó las manos por la cabeza para ordenarse los escasos pelos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-&lt;span style="font-style:italic;"&gt;Where you least expect it&lt;/span&gt;. ¿Así se dice, no?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Exacto. Además, trae buena suerte perder algo en Nueva York—añadió Tapia.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Le estaba inventando cuentos a un futuro presidente de la república. Ni él mismo supo de dónde sacaba eso de Nueva York y la buena suerte. Todo neoyorquino sabe que cuando se pierde algo en Ciudad Gótica, es para siempre. Y si lo perdido se encuentra, está irreconocible: una billetera destripada, un auto depredado, una maleta abierta a tajos, un anillo sin su brillante, una bicicleta con las ruedas tronchadas, un amigo con quien ya no queda nada de qué hablar. Pero prefirió darle pase al instinto, y el instinto le decía que su deber era tranquilizar al candidato, a toda costa, para que terminara el día con la misma fuerza con que empezó, &lt;span style="font-style:italic;"&gt;with a bang&lt;/span&gt;. Tapia se felicitó de la naturalidad con que le salió la invención de la buena suerte, a pesar de que no pareció surtir más que un breve efecto en el ánimo del candidato.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Igual yo se la voy a encontrar- le aseguró.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Es un regalo de mi madre.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Lo murmuró con una voz grave y algo temblorosa. A Tapia se le gatilló la alarma en la cabeza con mayor fuerza. Ya se acercaba la hora de la reunión; el candidato no podía mostrarse así, afectado por el desánimo del supersticioso que ha perdido su mejor talismán. Lo necesitaban canchero, para que pudiera hacer lo suyo otra vez frente al selecto grupo de compatriotas jóvenes que lo esperaba en la sala: tenía que salir a inspirar, persuadir, argumentar. Tapia lo había visto en acción. El hombre había perfeccionado una fórmula simple pero muy eficiente: primero delineaba los problemas con lucidez y elegancia. Luego, al presentar las soluciones, proyectaba una intensidad amenazante y mandona, lo poseía una ira ejecutiva que avasallaba sin apelaciones. Esa suma de intelecto más autoridad le funcionaba como sucedáneo del carisma que no tenía. Tapia se acordó de la vez que le había mostrado a la DF el video del famoso dedazo, y ella, que no tenía idea de quién era ese hombre, lo caló con precisión absoluta: “ese güey, más se encabrona, más parece que hubiera que hacerle caso”.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Le prometo que se la encuentro, no se puede haber perdido—reiteró Tapia. Apretó los párpados para bloquear la voz de la DF, la interferencia eléctrica de su acento chilango.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El candidato se puso a mirar por la ventana, sordo a la promesa de Tapia, dándole la espalda y empinando los talones al ritmo de sus pensamientos.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;2&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_jUILtfjfgcA/R8s-x8l-BTI/AAAAAAAAAHU/J9hq9Zpe9eU/s1600-h/DF-Angel.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://3.bp.blogspot.com/_jUILtfjfgcA/R8s-x8l-BTI/AAAAAAAAAHU/J9hq9Zpe9eU/s320/DF-Angel.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5173297624765039922" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;p&gt;En ese momento Tapia tendría que haberse concentrado en la crisis de la pluma fuente, pero la DF lo había sorprendido por la espalda. Vino y le rozó la oreja con su aliento, lo atenazó de las muñecas y cuando lo tenía así, sumiso, le advirtió que estaban en su ciudad, la de ella, que no se iba a poder esconder y que si se perdía lo iba a buscar calle por calle, casa por casa, recámara por recámara. Así lo dijo, cortando las sílabas y riéndose. Le señalaba el ángel dorado de Insurgentes y los contornos tenebrosos del bosque de Chapultepec. En la oscuridad de su primer crepúsculo mexicano, Tapia sintió en la cara la corriente de aire que limpiaba el olor mustio de ese departamento que llevaba años sin ser habitado más que por un par de fantasmas. Todavía le zumbaban los oídos con el ruido del avión. Sentía la lengua agria, los dientes ásperos, las manos frías. La sangre corría casi sin oxígeno por su cuerpo y le punzaba la nuca con cada latido. A ella eso no le importaba nada. No le importaba que estuvieran en la casa de sus padres muertos, entre las paredes que la vieron crecer. Le metió la mano bajo la camisa y Tapia sintió un reguero casi líquido de escalofríos bajando por su espalda. Cuando ella quería guerra no tenía piedad, y en ese momento lo que quería era una pequeña guerra mundial. Tapia aspiró la fragancia de la Ciudad de México, y era igual al olor de ella: humo diésel, cáscaras de naranja, chicle de fruta. La DF tenía bien puesto el sobrenombre, estaba impregnada del aroma de su ciudad. O sería al revés, pero a quién le importaba el orden.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Ni siquiera sé para qué lado estoy mirando, no sé ni qué hora es, así no vale—protestaba Tapia.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Todo se vale –le contestaba ella—todo se vale.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Cumplió la amenaza, recámara por recámara. Lo tendió ahí en el mismo cemento húmedo del balcón, suspendida con él en la penumbra a varios pisos de altura. Le borró el dolor de cabeza con la punta de los dedos en sus sienes, marcó el filo de sus dientes en sus hombros, con su boca de chicle fresco le endulzó las encías, el paladar, le enseñó a deleitarse con el aire enrarecido y el vértigo de esa ciudad desconocida. Y como era su costumbre, relató todo lo que hacía y todo lo que quería, con ese acento que Tapia asociaba con los doblajes de la televisión en las tardes de su infancia provinciana. Luego se quedó dormida encima de él, sin decir palabra. Así lo había enamorado, sorprendiéndolo a cada vuelta, sin darle razones, incomodándolo. Tapia también se durmió, acariciándole la espalda con sus manos abiertas, el corazón latiendo en paz, al compás de la canción vieja que ella había puesto en el tornamesas de sus padres, la canción que ella decía que había sido escrita para él, mucho antes de que naciera, &lt;span style="font-style:italic;"&gt;let your honesty shine shine shine, nánana nánana, the only living boy in New York&lt;/span&gt;.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;3&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;p&gt;Se la sacó de encima, cerrando y abriendo los ojos. Se puso de rodillas y pegó la cara al parquet frío para asomarse al inframundo debajo de la cama king size. Vio un paisaje lunar de luz azul, motas de polvo fulgurando como constelaciones minúsculas, una moneda de 25 centavos, olvidada y opaca. El gato de la casa, un tigre en miniatura, espantado por la conmoción de tanta gente que llegaba al departamento, había buscado refugio en esa penumbra. Fijó el resplandor tornasolado de sus ojos en la mirada de Tapia. Debajo de la cama no había nada que se pareciera a una pluma fuente. Se incorporó sacudiéndose los pantalones, tratando de despegar de sus pupilas las sombras de ese submundo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El candidato seguía ahí, adquiriendo su silueta  de estadista. Miraba por la ventana, sin prestarle atención a la búsqueda que realizaba el muchacho de cuyo nombre todavía no se podía acordar: Tano, Tato, Nato, Nano, algo así.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tapia estaba inclinado hacia delante, esperando que le volviera la sangre a la cabeza.  Tenía las manos apoyadas en las rodillas y miraba el suelo como un futbolista que acaba de causar la derrota de su equipo. Sintió deseos de vomitar y se dio cuenta de que no había comido nada en todo el día, por culpa de los nervios, de la excitación. Cuando ahogaba una arcada con regüeldo de café amargo, habló el candidato, y dijo:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Ésta es una vista privilegiada.&lt;/p&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://4.bp.blogspot.com/_jUILtfjfgcA/R8tASMl-BUI/AAAAAAAAAHc/mILl29seDAA/s1600-h/washington-square-arch.jpg"&gt;&lt;img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://4.bp.blogspot.com/_jUILtfjfgcA/R8tASMl-BUI/AAAAAAAAAHc/mILl29seDAA/s320/washington-square-arch.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5173299278327448898" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;p&gt;Tapia se limpió los labios con la manga de su camisa negra y se enderezó a mirar la escena neoyorquina: Washington Square se iba llenando de gente a medida que avanzaba la tarde de sábado. Observó el limpio arco de triunfo, las veredas amplias, los volúmenes y las superficies de un lugar público perfecto, iluminado por el sol casi primaveral. Era un diseño orgánico, majestuoso, que no perdía la virtud de la sencillez y presentaba así, poblado en una tarde de fines de invierno, el cuadro viviente de una sociedad libre. Si hacía el ejercicio mental de borrar a los sin-casa que circulaban por el perímetro como asteroides fétidos, con sus negras bolsas de basura a cuestas, y si uno no le daba importancia al hecho de varios de esos árboles centenarios sirvieron de cadalsos naturales, Washington Square era una utopía hecha realidad.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tenía razón el candidato: era una vista privilegiada. Un líder es eso, pensó Tapia: alguien que te hace descubrir lo que siempre has tenido frente a ti. La geometría del trazado se apreciaba desde la altura perfecta de ese ventanal, y las figuras humanas se movían por la maqueta viviente, como extras en una película, delineadas con los destellos de luz dorada de marzo en Nueva York. Había subestimado al candidato. El hombre no iba a perder la calma porque se le hubiera extraviado la pluma fuente con la que – se imaginó Tapia—escribió su memoria de grado sobre los grupos económicos (“Libro mítico pero defectuoso”, decía Vergara). Tapia observó la figura de hombros caídos, la cabeza calva y la barbilla erguida para atenuar la papada, las manos tomadas detrás de la espalda, mirando hacia el futuro con obstinación: profesor, padre y prócer. Parecía una estatua de sí mismo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El candidato hacía girar la lapicera de plástico entre sus dedos un poco regordetes. Tapia la iba a necesitar para tomar las notas durante la presentación, pero no quiso pedirle que se la devolviera. Optó por el silencio, para disfrutar al máximo de esa intimidad, de su acto de voyerismo con la historia: el futuro presidente con la lapicera de plástico que él le había prestado, anotando ideas que se iban a plasmar en realidad.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Le pareció que el candidato, a contraluz frente al ventanal, tenía una cabeza enorme, casi desproporcionada con el cuerpo. Su silueta le recordó al poeta Zurita, que en tiempos de la dictadura había escrito sus enigmas con humo blanco en ese mismo cielo neoyorquino. Y ahora estaba ahí el candidato, mirando y escribiendo en el cielo azul piedra de Nueva York, con la tinta invisible de su pluma fuente, los sueños que salían centrifugados de su gran cabeza. Cuando hiciera su crónica de internet sobre los eventos de ese día, el acto de escribir en el cielo de Nueva York tenía que ser la imagen maestra, pensó Tapia, y se acordó otra vez de la DF.&lt;/p&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_jUILtfjfgcA/R8t038l-BVI/AAAAAAAAAHk/a7PgFenapmQ/s1600-h/zuritaNY-enga%C3%B1o.jpg"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://3.bp.blogspot.com/_jUILtfjfgcA/R8t038l-BVI/AAAAAAAAAHk/a7PgFenapmQ/s320/zuritaNY-enga%C3%B1o.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5173357101472154962" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;4&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;p&gt;-Da la casualidad de que todos los chilenos que conozco son cabezones –fue una de las primeras cosas que le dijo ella, con esa sonrisa mordida y chueca que tenía –pero tú no, cómo lo ves, tu cabeza es normal, a poco no eres ni chileno.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tapia sorbeteó el Andy Warhol de cool-aid con gin que estaba de moda servir en algunas galerías del SoHo para las inauguraciones, hizo la pausa y le contestó:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;—Tú eres la que no parece chilena, con ese acento. Hablas igual que la Chilindrina del Chavo del Ocho.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;- Ni sé de quién me hablas. ¿De quién me hablas?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;- Cómo no vas a saber. Es un personaje de un programa cómico mexicano, como tú.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;- Yo no soy ni lo uno ni lo otro.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;- Sí eres cómica y eres más mexicana que chilena, a estas alturas. Cómo no la vas a conocer.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;- Nunca la he oído ni nombrar, pero gracias por el dato, y ahora con permisito, mucho gusto, que tengo que hacer como que miro los cuadros.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;5&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;p&gt;-¿A qué hora llega el resto de la gente? – preguntó el candidato, rescatando otra vez a Tapia del recuerdo de la DF. El ruido de las conversaciones en la sala ya reverberaba por todo el departamento que había prestado para la ocasión Vergara, a quien la revista Caras definía como “un joven economista con facha de modelo, con sus trajes italianos y aires de futuro ministro, Ivy League plus fashion”. Los invitados al evento entraban en confianza, se presentaban, se reconocían soltando carcajadas y gritos de entusiasmo cariñoso, los hombres palmoteándose para concluir los abrazos, las mujeres repartiendo besos y halagos. Después de saludarse, los asistentes entraban al dormitorio a dejar sus chaquetas, abrigos, gorros y bufandas, y se asombraban al encontrarse ahí mismo con el candidato mirando por la ventana. Dejaban sus cosas en la cama, como si se tratara de ofrendas, y se retiraban, disculpándose con gestos y muecas, algunos caminando para atrás. Tapia se sentía como el guardaespaldas de un mago que alista sus tramoyas antes de la función.&lt;/p&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_jUILtfjfgcA/R8t_B8l-BWI/AAAAAAAAAHs/qBr6sHkjrbA/s1600-h/partybed.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://3.bp.blogspot.com/_jUILtfjfgcA/R8t_B8l-BWI/AAAAAAAAAHs/qBr6sHkjrbA/s320/partybed.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5173368268387124578" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;p&gt;-En diez o quince minutos se supone que empezamos—le avisó – Si quiere le voy a buscar algo de comer. Cuando empiece la cosa no lo van a dejar ni respirar a preguntas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-La verdad es que se me pasó el hambre. Con tanto café que tomé esta mañana tengo el estómago revuelto.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Mire, – Tapia se acercó a la ventana y le señaló un rincón de la plaza –allá hay un choclón de invitados; se juntaron a hacer tiempo. Quieren llegar atrasados para no dar la impresión de que se volvieron gringos. Nostalgia pura.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Al candidato no parecía interesarle demasiado el análisis cultural de la diáspora, así que Tapia prefirió guardarse el resto de sus observaciones. El grupo le parecía una congregación de pingüinos tomando el sol en un témpano a la deriva. Un témpano a la deriva no era lo mismo que el cuadro viviente de la democracia. Se alegró de haberse quedado callado.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-¿Quiénes son los que están convidados?- preguntó el candidato, sin dejar de mirar por la ventana.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Bueno, hay de todo—le dijo Tapia, contento porque el hombre que le puso el dedo en medio del pecho al dictador se dignaba por fin a buscarle conversación. Se dispuso a gozar del momento, pero en ese momento le pasó algo raro. Se le estrechó la garganta y le empezó a salir por la boca la voz de un desconocido. Era como escuchar una grabación distorsionada de su propia voz. No reconocía como propio el timbre que le salía de las cuerdas vocales, un timbre formal y genérico como de doblaje de televisión de los años ochenta. Trató de manejar el efecto tratando hablar como santiaguino canchero, como Schindler o el mismo Vergara, pero fracasó por culpa de las eses finales que de chico le enseñaron a asociar con el buen hablar, y por culpa de esas &lt;span style="font-style:italic;"&gt;sh&lt;/span&gt; sureñas que en ese tiempo todavía se le escapaban por entremedio de los dientes.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Hay de todo—decía esa voz de ventrílocuo que se posesionaba de su garganta—académicos, estudiantes, profesionales, artistas, gente diversa, gente de partido y gente sin partido. No todos shilenos, pero la gran mayoría.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El candidato asintió, encogió los hombros y los hizo girar hacia delante y luego hacia atrás, estirando el cuello hacia un hombro y después hacia el otro, como un boxeador antes de salir al ring, siempre mirando por la ventana.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tapia respiró profundo en esa pausa y se atosigó con la mezcla de perfumes y colonias que emanaba de la ruma de abrigos y chaquetones que habían dejado los invitados. No le había querido decir al candidato lo más importante: que esa gente era toda suya, su gran acarreo cibernético, su lista de referencia electrónica hecha cuerpo.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;6&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;p&gt;El candidato no despegaba la vista de la escena de Washington Square. Está lejos todavía, pensaba Tapia al observarlo, pero se siente, se siente, aunque lo que se le venía encima no era fácil. Su rival tenía arrastre popular, fondos inagotables, y el visto bueno de curas y milicos. A él, en cambio, las sotanas y los uniformes le tenían alergia y odio, respectivamente. Tapia bromeaba con Vergara diciendo que no sabía si el candidato tenía menos carisma o menos plata. Como si esto fuera poco, el hombre tenía que estar esquivando las cuchilladas de sus propios aliados de coalición, que todavía soñaban con los treinta años en el poder anunciados en sus evangelios. Y claro, el dictador llevaba medio año preso en Londres, dándose vueltas en la trampa anglo-española, incrédulo y furioso, planeando el gran escape a golpe de bastonazos, transfiriendo fondos de banco en banco. En ese ambiente de rencores revueltos, la campaña del candidato corría el riesgo de irse en bandazos defensivos. Por eso había aceptado la gira a Nueva York. Aparte de recolectar fondos, allí podía cimentar antiguas alianzas y desanudar las suspicacias añejas que levantaba su etiqueta de socialista. Tenía que aprovechar de respirar un poco de oxígeno fuera de la caldera tóxica que era Chile. No eran tiempos fáciles, nada estaba ganado. Incluso cuando le decían “el candidato natural” era para indicar, a la chilena, que el camino estaba cuesta arriba: en Chile lo “natural” lleva las de perder contra lo artificial y lo cocinado.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;7&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;p&gt;A pesar de que le salió esa voz tan extraña, Tapia sintió que algo en él se relajaba, porque por lo menos había entablado una conversación con cierta naturalidad. Cuando se lo presentaron, se había paralizado, sin saber cómo dirigirse al candidato, aun sabiendo que la primera impresión es la que vale. Se había quedado callado como un saco de papas en esa oportunidad de oro. En su crónica de internet de ese primer día, escribió que estando solo frente al arco desguarnecido, con la pelota totalmente dominada, no había ni siquiera atinado a patear. Katerina lo presentó con un epíteto, igual que los héroes griegos: “Y aquí está Nano Tapia, el más leal de los leales”, pero Tapia no entendió el pase, no la supo acomodar bien para el remate, y justo en el  momento en que iba a decir algo trascendente o por lo menos más ingenioso que “mucho gusto”, vino Schindler, agarró al candidato del brazo y de los hombros y se lo quitó, sin saludar, como si en la corbata tornasolada de seda italiana o en el cuello imposiblemente almidonado de su camisa de abogado highpower llevara un letrero que decía “ábrele paso, pendejo, al hombre de mundo, yo me hago cargo”. Claro, pensaba Tapia, en ese momento estábamos en el Council of the Americas, no podían dejar al candidato perdiendo tiempo con un insignificante como él, con su parka estilo La Polar, sus zapatos plásticos de PayLess, su corte de pelo de 5 dólares, su uniforme negro de estudiante de postgrado en Nueva York. “Toma las llaves y estaciónamelo bien, pero no me rayes el auto”, le había dicho Schindler, y Tapia no había sabido descifrar si el abogado, que le palmoteaba sin cesar la espalda al candidato, hablaba en serio o en broma.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Se le quedó atravesado en la garganta todo lo que tenía pensado decirle: “qué onda, a ver, hay que ordenarse, los beatos hace rato que le pusieron grasa al engranaje y echaron a rodar la vieja máquina, the machine, como las de acá, como las del peronismo y las del PRI, tienen cuadros preparados, tienen ambiciones claras, conocen el poder de una nomenclatura, quieren seguir copando y consolidando posiciones, tienen tradición y máquina y yo la he visto en acción, la vi en Chicago, la vi en México, la he visto en Nueva York, al final del día, las máquinas son las que ganan las elecciones apretadas, porque no podemos depender de la alegría, hay que organizar los cuadros del progresismo laico para gobernar bien; la alegría es un estado de ánimo, no una política pública, hay que eliminar a Pinochet, pero con balas políticas, hay que hacer que se vuelva irrelevante”.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Y también se quedó sin decir lo otro, lo que más quería salir de su boca: “yo fui el que organizó todo, yo fui el que coordinó la agenda y los detalles, yo fui el de la negociación por los espacios, yo hice las llamadas para la seguridad, mía fue la conseguida de teléfonos, yo soy el que elaboró la lista de invitados, la lista selecta de correos electrónicos es la mía, son obra mía estos dos días que usted ha pasado con la crème de la crème neoyorquina, desde Soros a Forbes, el Council of the Americas, yo fui el que dije ‘y Rockefeller por qué no’, y por qué no los sindicalistas chilenos, los viejos ex upelientos, los ex miristas escapados de la DINA que se vinieron a hacer la revolución al Bronx y a Queens, para que se luzca y saque brillo, para que saque prensa, &lt;span style="font-style:italic;"&gt;photo-ops&lt;/span&gt;, lo que quiera, este medio centenar de invitados elegidos por mí que pagaron su buen palo para venir desde todos los puntos importantes de la costa este, de Boston a Washington, a la conversación íntima con el hombre del dedo, todo esto, todo, nació de una idea mía. Pero se equivoca la Katerina, señor presidente, quiero decir, señor candidato. Mi fuerte no es la lealtad personal, me va a disculpar si es que suena a falta de respeto, yo creo en el proyecto, no en la persona, usted en el fondo da lo mismo, con todo mi respeto se lo digo, lo que vale es la idea, los principios por los que usted y yo madrugamos esta mañana. Igual como usted se las cantó a la gente del Council of the Americas, en eso creo: que el mercado es sabio, pero que el chorreo no basta, que hay que abrir la democracia, terminar con los enclaves autoritarios, separar la iglesia del estado, como en los tiempos de la república, hacer que las oportunidades sean iguales para todos, borrar la extrema pobreza, nivelar la cancha para ver quién es quién, porque la democracia no funciona sin la meritocracia”.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;8&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;p&gt;-No nos vamos a quedar aquí encerrados todo el rato, Tapia—decía la DF, tendida junto a él, mientras le pasaba la yema de sus dedos flacos por las cejas, como si algún día se las fuera a emparejar – Este apartamento me pone nerviosa con tanta arpillera llena de polvo en las paredes.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Sácalas, si quieres yo te ayudo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-No, nos pasaríamos la noche estornudando. Además, tengo hambre y quiero que veas cómo vive la banda aquí en la mera Chingolandia. Vístete, que la noche se hace corta, ándale.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Pero mañana tenemos que salir temprano, ¿o no?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Y qué, tú ya dormiste como si te hubieran dado con un chipote en la cabeza.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Es el aire.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Qué aire, si no hay aire.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Quise decir el aire, no el viento.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Ah, platícame en español.&lt;/p&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_jUILtfjfgcA/R8uB8cl-BXI/AAAAAAAAAH0/PHZWMNW9D8I/s1600-h/DF-dusk.jpg"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:right;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://1.bp.blogspot.com/_jUILtfjfgcA/R8uB8cl-BXI/AAAAAAAAAH0/PHZWMNW9D8I/s320/DF-dusk.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5173371472432727410" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;p&gt;Salieron a la oscuridad tibia y fragante; caminaron a lo largo de una avenida mal iluminada en dirección al bosque de Chapultepec. Ella lo abrazó por la espalda y le metió las manos hasta el fondo de los bolsillos, iluminados sus ojos por los faros de los automóviles en la noche púrpura de México City. Le extrajo el pasaporte y la billetera.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-¿Qué estás haciendo? Ladrona. Devuélveme mis cosas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Tranquilo, es que las cosas de valor mejor me las guardo entre las chichis, ¿cómo lo ves?, así las hago desaparecer—decía ella, y se reía.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Déjame un par de monedas por lo menos. ¿Qué pasa si me dejas botado por ahí sin tener cómo volver? Y saca la mano. Nos están mirando.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Nadie ve nada, lección número uno, en el D.F. la calle no es para andar viendo nada. Eso es de turistas. Si quieres la neta, acá tienes que meterte en los sitios cerrados, ahí es donde se mira la gente tal cual, ahí es donde te echan los perros en serio si es que te andan con ganas. La calle es para llegar de un sitio a otro y si tú no te chocas con nadie, pues nadie existe. Qué, los cientistas políticos no leen a García Canclini, estamos chingados. No te rías, cabrón. Esto es lo que les espera a ustedes, este virus marcha de norte a sur, no me veas como si estuviera loca. Y abrázame que me dio tantito frío.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tapia le tocó la cintura descubierta con la palma de la mano y sintió que a ella se le erizaba la piel. Siguieron caminando, pero de cuando en cuando ella se le apretaba contra el cuerpo con tanta fuerza que tenían que detenerse. Le iba diciendo cómo se llamaban los árboles, que para él eran nada más que eso, árboles, todos iguales. De sus labios brillosos de rouge morado, brotaban palabras que para Tapia no existían: jarilla, madroño, ginko, retamo, jacarandá, colorín, sicómoro, tepozán, liquidámbar, ahuehuete.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Ése ahí se llama el &lt;span style="font-style:italic;"&gt;árbol-que-oye&lt;/span&gt;. Y ese otro es un trueno.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Cómo va a ser un trueno si es un árbol.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Pos como oyes, ése es un trueno.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tapia anotaba en su libretita, aunque ella se riera de él, porque quería poner todas esas palabras nuevas en su crónica de México D. F.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-¿Cómo se escribe ahuehuete?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Pos con un chingo de haches, güey.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;9&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;p&gt;Los invitados que hacían hora en Washington Square se animaron a cruzar la calle y tocar el timbre del departamento, ansiosos por tomarle los puntos al candidato. Algunos habían aceptado la invitación no por afinidad política sino por curiosidad. Tapia sabía que entre ellos tenía que haber un infiltrado que venía para escanear el ambiente, detectar debilidades, robarse algún dato, cualquier declaración descuidada que pudiera usarse para torpedear la campaña del candidato. Los contrincantes sabían que el espionaje tarde o temprano podía rendir buenos frutos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Cuando se preguntaba quiénes serían los infiltrados, Tapia la divisó, enmarcada en el arco triunfal, al otro extremo de la plaza. Venía a cumplir su palabra, porque ella no amenazaba en vano. Caminaba con su aire de aquí vengo yo, Juana Gallo, lista para agarrarse a escopetazos con un tren lleno de pinches federales. Con el corazón agitado, Tapia la observó atravesar la plaza. No sabía qué sentir: por una parte quería que se fuera lejos, y por otra no quería más que tenerla cerca, oler su pelo, quemarse las pupilas con su sonrisa incandescente, sentir la curva de su cintura en la mano, estar con ella en un balcón suspendido en medio de ciudad de México, con el cuerpo todo hecho un destello. Cuando estaba a punto de cruzar hacia la Quinta Avenida, la DF botó su cigarrillo al suelo y lo mató con la punta del zapato. Nunca iba a pasar desapercibida entre chilenos con esa actitud de princesa azteca, pensó Tapia. Tenía la dentadura demasiado perfecta, usaba pañuelos colorinches y ropa usada, pronunciaba la palabra “huevón” marcando cada letra, y no le importaba quedar como loca con sus listas de botánica y con sus teorías de conspiración:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-¿Tapia, y qué hay si vienen y te lo hacen chingar, delante de ti, en Nueva York, como a Letelier?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Ya pasaron esos tiempos. No se atreven.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-¿Me vas a decir que en alguna parte del planeta no hay un par de cabrones que le quieran echar ganas al intento, especialmente ahora que al chingón mayor lo tienen apañado?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Pensarlo es fácil, pero no se atreven.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Pues pensarlo siempre es la parte más difícil, entre pensar en algo y atreverse no hay mucho trecho, no te engañes.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;10&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;p&gt;Al despertarse le dijo que aprovechara de salir a conocer la ciudad, porque ella iba a ir sola al hospital. Así era la DF, rara, capaz de pedirle que la acompañara a México apenas una semana después de conocerlo y después dejarlo solo en una ciudad desconocida. Pero cuando llegó el momento de partir, sin decir nada, le agarró la mano y no se la soltó hasta que cruzaron las puertas automáticas del Hospital Metropolitano. En el metro estuvo muda, y eso que nunca le faltaba tema, especialmente si se trataba de un viaje dentro de su D.F., la ciudad de su infancia. La conocía como su propio cuerpo, eso le decía, conocía todas sus historias y todos sus recovecos. Pero esa mañana estaba callada, dejándose llevar por el vaivén de los vagones. De vez en cuando miraba a Tapia –lo veía, diría ella—con sus ojos de animé, susurraba el nombre de la próxima estación, y le pasaba el dorso de la mano por la cara. Se comportaba como si lo estuviera acompañando a una consulta médica en la que a Tapia le iban a confirmar un diagnóstico de muerte. La gente del vagón, sabiendo que esa línea pasaba por el hospital, lo miraba a él con lástima, viendo en su palidez y en sus ojeras el anuncio de su final trágico. Algunos se apartaban, temiendo un contagio letal. A ella, en cambio, le sonreían, dándole fuerzas para que sobreviviera la muerte de su amor, y ella les devolvía la sonrisa, agradecida. Tapia observó que ella tenía los ojos brillantes y la piel tersa, a pesar de no haber dormido en toda la noche. Se veía preciosa, incluso bajo la luz mortecina de los carros del metro de México D.F., que –le pareció a Tapia—eran idénticos a los de Santiago de Chile.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Lo dejó sentado en la recepción del hospital mientras averiguaba dónde tenían a su hermano. Luego lo tomó de la mano, igual que en el metro, como si él fuera el enfermo, y lo guió por los pasillos hasta un ascensor y de ahí a otro ascensor que daba a otros túneles larguísimos, hasta que llegaron a la pieza.&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://3.bp.blogspot.com/_jUILtfjfgcA/R8uLf8l-BYI/AAAAAAAAAH8/4s5_-8V0xoI/s1600-h/pasillo.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://3.bp.blogspot.com/_jUILtfjfgcA/R8uLf8l-BYI/AAAAAAAAAH8/4s5_-8V0xoI/s320/pasillo.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5173381977922733442" /&gt;&lt;/a&gt; El cuarto olía a carnicería y a cloro. El hermano estaba rodeado de máquinas y le habían metido tubos y delgadas mangueras de plástico en la nariz, la boca y los brazos; su pecho desnudo subía y bajaba al ritmo del respirador artificial. Tenía la misma frente limpia y amplia de su hermana, las mismas cejas como dibujadas a lápiz, la misma boca delicada de labios abultados. Tapia miró la piel de su frente, y se preguntó si ahí, bajo ella, estaba la conciencia del enfermo. Ella se inclinó sobre la baranda del catre y pasó los labios por la frente de su hermano. De pronto, Tapia quedó sordo con el tintineo del mal de altura. A través de ese ruido y de los pitidos de la maquinaria médica, cayó en cuenta de que ella le había ocultado la rzón verdadera de ese viaje repentino: ese muchacho idéntico a ella estaba mal, parecía que se estaba muriendo. A eso lo había traído, a ayudarle a encargarse de la muerte de su hermano. Apenas se conocían y ella lo había llevado a México para sumergirlo en la intimidad desolada de un rito funerario, sin decirle nada, confiando en que el entusiasmo intoxicante de su enamoramiento les iba a dar la energía necesaria, confiando en que la avidez y la fruición de sus cuerpos iban a ser suficiente contrapeso ante la muerte.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;11&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;p&gt;El candidato se ubicó en el lugar perfecto del amplio living, apoyado en el borde del ventanal por donde entraba el sol, lejos de la mesa donde la gente se arremolinaba para los postres y el café. Esperó hasta que todos se ubicaran en sus puestos. La gente se amontonaba en los sillones, algunos compartían una silla y muchos estaban de pie, agolpados contra las paredes. Se hizo un silencio. El dueño de casa, el economista Vergara, presentó al invitado de honor con la gracia y la cordialidad aprendida de su padre diplomático, apretando las mandíbulas entremedio de sus frases de buena crianza, impecable en su tenida de última moda. Los asistentes lo aplaudieron con vehemencia. Entre los aplausos, Tapia oyó que alguien comentaba en voz baja que Vergara se las sabía todas. Otra voz respondía que pintaba para ministro. No, decía otra, este gallo es un académico, no sirve para la política, no dura ni un mes de ministro. La sala estaba bañada de sol. Se apagaron los aplausos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El candidato agradeció la invitación. Indicó que había espacio para sentarse en la alfombra alrededor suyo. Con ese gesto tan simple de profesor experimentado, se las arregló para establecer su control de la situación. Inventó así un anfiteatro de tres niveles: alumnos sentados en el suelo, otros alumnos sentados en sillas, sillones y sofás, y otros que se arrimaban a las paredes. Cuando el público se acomodó, dijo que venía más que nada a escuchar y a compartir ideas, sabía que estaba frente a un grupo selecto de compatriotas, gente llena de ideas y de energía nueva, y que por lo tanto, en vez de hablar, iba a tener los oídos abiertos. Fue el toque maestro para metérselos a todos en el bolsillo. Tapia miró alrededor de la sala para constatar el efecto del halago. Vio sonrisas, pechos inflados, mentones sostenidos en gesto de reflexión anticipada. Se palpaba la cordialidad mezclada con la expectativa y el franco entusiasmo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;En ese momento, se abrió la puerta y entró un tumulto de cinco o seis rezagados. Entre ellos, Tapia vio a la DF. Ella le sonrió mientras se sacaba la bufanda multicolor, y él oyó lo que ella le estaba diciendo con los ojos: “ves qué fácil fue colarse camuflada con un grupo, imagínate que en mi bolso trajera qué sé yo, cualquier cosa”. Él rehuyó su mirada, algo nervioso, fingiendo buscar en su bolsillo la lapicera que no tenía. Todo estaba saliendo tan bien, ella no debería haber venido, pensó Tapia.&lt;/p&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://1.bp.blogspot.com/_jUILtfjfgcA/R8uOucl-BbI/AAAAAAAAAIU/d3smPzvwvas/s1600-h/DF-Chapultepec.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://1.bp.blogspot.com/_jUILtfjfgcA/R8uOucl-BbI/AAAAAAAAAIU/d3smPzvwvas/s320/DF-Chapultepec.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5173385525565719986" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;p&gt;Empezaron las preguntas de los invitados. Las respuestas del candidato eran claras y precisas: había que acelerar la transición, modernizar a fondo, aprovechar cada espacio, jugar con astucia para meter goles y con astucia para replegarse en el momento preciso. La gente tomó confianza, corrió una que otra broma que el candidato agarraba al vuelo y devolvía, sin perder el hilo de sus argumentos. Habló de arte dirigiéndose a los artistas, habló de rigor académico mirando a los universitarios, habló de comercio exterior señalando con su dedo histórico a los financistas presentes, les explicó vericuetos del derecho internacional a los leguleyos, se explayó sobre estrategia electoral con los politólogos, les demostró a los juristas que conocía mejor que cualquiera de ellos el derecho constitucional.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tapia echaba de menos su lapicera para tomar nota de todo lo que estaba diciendo, pero le alegró recordar que la tenía el candidato en la tibieza de su bolsillo. Era su conexión secreta con el estadista que tenía fascinado a su público. Buscó los ojos de la DF pero ella no le devolvía la mirada. Estaba absorta, seria, escuchando al candidato. Las preguntas se fueron espaciando, las respuestas se fueron haciendo más escuetas, y Vergara se acercó al futuro presidente, listo para dar por terminada la sesión. Pero en ese momento se levantó una voz pidiendo la palabra. Tapia se pasó la mano por la frente y por los ojos al darse cuenta de quién era.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-A ver si puede explicar algo que no acabo de entender: ¿cuál es la diferencia que hay entre lo que usted ha estado aquí llamando equidad y lo que se entiende en español por igualdad?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El acento mexicano, tan preciso y cantarín, acentuando la &lt;span style="font-style:italic;"&gt;d&lt;/span&gt; final de equidad y de igualdad, hizo que la gente se diera vuelta a mirar de dónde salía la pregunta. Tapia se limpió las manos sudorosas en el pantalón. El candidato no se inquietó. Él lo tenía todo bajo control.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-¿Quiere la respuesta larga o la respuesta corta?- contestó con la misma sonrisa fría que Tapia reconoció como una eficaz máscara defensiva.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Pos yo tengo tiempo para la larga, pero ¿cómo lo ve usted?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Se oyeron murmullos de asombro, alguien soltó una risotada nerviosa, y un par de reclamos de parte del público agitaron la atmósfera del encuentro.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-A ver—el candidato se puso serio, porque detectó entre los oyentes un conato de desorden, y habló pausado—son similares, no es cierto, pero para mí la equidad es un concepto más amplio que lo que antes se entendía por igualdad. Para algunos …&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-¿Es lo mismo pero más vago, es lo que dice usted?—la DF avanzó hacia el centro del salón para ponerse al alcance de todas las miradas y para que el candidato viera bien a la interlocutora que se atrevía a interrumpirlo. Tapia se fijó en que tenía los ojos más brillantes que nunca y si no la hubiera conocido habría dicho que había estado llorando.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Todo lo contrario, señorita, la equidad es más preciso, más aterrizado. La igualdad se impone, mientras que la equidad hay que construirla de a poco, y por eso la experiencia histórica, como la de los socialismos reales ¿no es cierto? nos dice que al final del día la equidad es más sólida, más duradera que la igualdad.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Hubo aplausos para la respuesta. La DF miró a los que habían aplaudido, esperando silencio para su contra-ataque. Pisó el suelo con la punta del pie como si estuviera apagando una colilla rebelde. En ese instante, Tapia deseaba más que nada en el mundo que ella sonriera, que se sacara esa máscara de ferocidad que traía puesta, o que por lo menos que suavizara el cantito chilango, que hiciera el esfuerzo de hablar como chilena. Pensaba: “Ya hiciste tu gracia, DF, ahora quédate callada”.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Entonces tal vez usted pueda dar un ejemplo para entender con qué se come eso de la equidad de a poco, porque a mí que soy medio mensa, pues la verdad es no me entra a menos que me hablen en concreto. Por ejemplo, ¿qué onda con los derechos reproductivos de la mujer? ¿Entra en el cálculo de la equidad, porque a una chava adolescente embarazada eso de a poco no le sirve mucho, no cree?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-¡Qué galla tan desubicada!—comentó una de las asistentes, con fastidio. Otros sesearon, imitando una silbatina a escala de salón. El candidato paseó una sonrisa por su boca y se mojó los labios con la lengua antes de responder:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-A ver, todo esto es válido, pero yo le haría la pregunta que a uno se le viene a la mente con estos cuestionamientos: ¿usted quiere que gane o que pierda las elecciones? ¿A usted le interesa que ganemos o que perdamos?—dijo, alargando la pausa entre pregunta y pregunta, con un tono golpeado, sacando exclamaciones de aprobación. La DF se adelantó al centro mismo del living y quedó a tres pasos del candidato. Con las botas de taco alto, se veía más alta que él.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Mire, a mí me valen madre las elecciones que no cambian nada, le pregunto cuál es su postura sobre el aborto, para que platiquemos en claro.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Lo dijo haciendo fulgurar sus dientes extra blancos, luciendo su boca perfecta con cada vocal que pronunciaba. Era una sonrisa tan feroz que no parecía sonrisa pero que surtía un efecto doble de amenaza y seducción. Los chiflidos y los seseos aumentaron de intensidad. La incomodidad del público se palpaba en el aire. El candidato contemplaba el parquet, meditando su respuesta y esperando que se acallara el bullicio. Vergara le disparó una mirada a Tapia, arqueando las cejas como preguntándole quién era esa mujer. Tapia se encogió de hombros, mientras el candidato explicaba cómo, cuando fue ministro de educación, había negociado con el Cardenal para que los colegios dejaran de expulsar a las alumnas embarazadas. La DF no soltaba la presa:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-¿Entonces dice que en un gobierno suyo los derechos reproductivos de la mujer se negocian con la iglesia?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Que se calle, que deje hablar a otros—exigió un estudiante de leyes. La DF, apenas volviendo la cara hacia atrás en dirección a donde había venido el comentario, dijo:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-¿Me vas a hacer callar tú, chingón? ¿Tú y cuántos más juntos? ¿Quién les explica la diferencia a los que se mueren esperando que chorree el pastel de la equidad?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Hizo una pausa, desenfundó su sonrisa, y disparó su último cartucho:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Hablo por muchos años de silencio, cabrones.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Eso fue lo que alcanzó a decir antes de que las voces de protesta la hicieran retroceder, como si la hubiera hecho perder el equilibrio una de esas oleadas de reclamos que se levantaban desde todos lados para acallarla. Tapia veía que ella abría la boca, pero ya no se podían distinguir sus palabras entremedio del bullicio. La gente se había puesto de pie y ella se veía chaparrita, casi minúscula, en medio de un mar de hostilidad. El candidato tomó un largo sorbo de agua, esperando que se calmara el ambiente. Alguien abrió una ventana para que entrara un poco de aire.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;El candidato le dijo algo al oído a Vergara, que se había acercado con un movimiento de guardaespaldas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Como si se hubieran puesto de acuerdo, todos los invitados empezaron a hablar entre ellos. Las palabras de la intrusa se borraron en un manto de niebla acústica impenetrable, ahogadas entre murmullos y susurros. Era una performance colectiva de indiferencia ruidosa, una de las tantas maneras chilenas de imponer silencio. La DF levantó la voz, pero ya no se oía nada de lo que decía, y pronto ella desapareció entre la gente que se puso de pie, igual como desaparecieron sus preguntas en medio del aplauso que Vergara pidió para concluir el encuentro y agradecer al candidato. Invitó a tomar el postre y el café. Sonaron los platos, las tazas y los cubiertos. El sol de la tarde entraba horizontal por los ventanales. Vergara apretaba las mandíbulas como si masticara algo con las muelas del juicio, su versión de una sonrisa, mientras circulaba entre los invitados. Tapia sentía los brazos pesados y tenía la boca como si hubiera estado mascando tiza. Iba tener que dar explicaciones. Quiso tomar agua para refrescarse los labios pero no quedaba ningún vaso limpio.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;12&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;p&gt;Se le acercó Katerina; lo tomó de un brazo como si se lo estuviera llevando preso y lo condujo por el pasillo hacia la cocina, respirando fuerte por las fosas nasales. Lo estaban esperando Vergara y Schindler. A Tapia le pareció raro ver a dos hombres impecablemente vestidos en una cocina. Afuera empezaba a caer el crepúsculo. Por un ventanuco alto se filtraban la luz violeta del cielo y el resplandor de las primeras luminarias. Vergara cerró la puerta batiente y encendió la luz fluorescente. Entonces Tapia vio que en el rincón, casi escondida junto a un anaquel, estaba la DF.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Qué pasa aquí—preguntó, sintiendo que le faltaba el aire.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Ni idea, tú a lo mejor nos vas a explicar, huevón – Schindler estaba pálido.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Explicar qué.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-¿Cómo que qué, Nano? Quedó la media cagá allá adentro. El candidato seguramente está furioso, no ha dicho nada, pero lo conozco, cayó en una emboscada—dijo Katerina.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-No manches, huevona, una emboscada—intervino la DF.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-¿Tú sabís quién es esta mina? Después de que se mandó el numerito la pillamos en la pieza de las chaquetas revisando bolsillos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-No estaba revisando bolsillos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Schindler intervino:&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Tú te callas. ¿Estaba o no estaba en tu famosa lista, Tapia?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tapia la miró en silencio. La DF sacudió imperceptiblemente la cabeza, sin dejar de mirarlo a los ojos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-No, la conozco, pero no sé bien quién es—dijo Tapia, después de una pausa.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Yo estoy por que llamemos a los pacos—dijo Schindler, sin mucha convicción—yo estoy seguro de que a esta mina la he visto en alguna parte.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-¿Tú crees que me asustas, hijoeputa?—le respondió la DF, sin levantar la voz. Salió del rincón y dio un paso hacia Schindler. Los ojos le fulguraban.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Salgan y déjenme, yo arreglo esto—dijo Tapia.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Más te vale—contestó Vergara mientras cerraba la puerta después de dejar salir a Katerina y Schindler—. Voy a preguntar, y si alguien echa de menos algo, ella es responsable.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Por mí no te preocupes, Tapia, que yo no voy a decir nada. Entré colada y eso es todo, y es la verdad.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-No me importa, dime qué estabas haciendo revisando bolsillos.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Quería dejarte una nota en tu parka por si no te veía esta noche—le indicó el lado izquierdo. Tapia sacó un post-it morado del bolsillo, lo arrugó, y lo volvió a guardar.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Siempre tienes que hacer las cosas de la forma más difícil.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Se me pasó la mano. Es que ese maldito cabrón me colmó la paciencia.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-No era el momento de ponerse a hacer críticas.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Nunca es el momento, Nano. Nunca es el fucking momento.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Ya, salgamos de aquí, no me gusta estar encerrado.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;13&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;p&gt;La acompañó a la puerta y volvió a subir. El departamento estaba vacío. Sólo quedaban vasos usados, platos a medio comer, servilletas arrugadas y botellas vacías como testigos del evento. Vergara se soltó la corbata y le sonrió. Luego se acercó a Tapia, le puso la mano en un hombro y apretó fuerte, hundiéndole el pulgar en la clavícula, sin dejar desplegar su sonrisa masticada.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Sacaste pololita y no le habías dicho a nadie. ¿Dónde la conociste?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-En la escuela, dando vueltas, y después nos encontramos por ahí en una inauguración. Es chilena.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Habla como mexicana. ¿Cómo se llama?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Padres exiliados en México. Se llama Chiloé.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;p&gt;-¿Chiloé?&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Así se llama, Chiloé.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Se la cagaron con el nombre.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Pero le dicen De Efe. Yo le digo De Efe.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Y va en serio la cosa.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Siempre anda dejando cagadas por todas partes, es como mono con navaja, tú viste.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La sonrisa no se borraba de la cara de Vergara.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Espero la crónica, Tapia, te va a salir jugosa, y no te preocupís, que estas huevás pasan. Al candidato ya se le pasó el enojo.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;14&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;p&gt;Murió esa misma tarde, como si hubiera estado esperando a su hermana para dejar de resistir. Ella le preguntaba a los médicos si él podía darse cuenta de que ella había llegado a verlo. Le decían que no, que aunque abriera los ojos no veía nada, pero ella le insistía a Tapia que no era cierto, que su hermano le apretaba los dedos cuando ella le decía que había llegado, que le sostenía la mirada cuando abría esos ojos que eran idénticos a los suyos. “Llegué, vine a verte y te vengo a sacar de aquí”. Su hermano le apretaba la mano con sus dedos calientes y ella obligaba a que Tapia lo sintiera con sus propias manos, le tomaba el índice y lo ponía entre su mano y la de su hermano. Tapia sentía que casi lo quemaba el calor de esa piel, mucho más caliente de lo que se hubiera imaginado, mucho más suave. Y sí, sentía que él apretaba.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;La doctora le dijo que quería platicarle a solas. Hablaron a puertas cerradas por mucho rato, en un cuarto contiguo, mientras Tapia se quedó en custodia del cuerpo, mirando cómo una enfermera con expresión de fastidio sacaba los tubos y los cables y los parches. Sentía en la espalda el calor del sol a través del ventanal en que se apoyaba. Estuvo mucho rato mirando el cadáver cubierto con una sábana verde en el catre de metal del hospital mexicano. La pintura que alguna vez había sido blanca estaba saltada y la sábana estaba cubierta de manchas antiguas, de otras sangres, de otras muertes.&lt;/p&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_jUILtfjfgcA/R8uMTsl-BZI/AAAAAAAAAIE/7FkUPaOh0H4/s1600-h/habitacionhospital.jpg"&gt;&lt;img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://2.bp.blogspot.com/_jUILtfjfgcA/R8uMTsl-BZI/AAAAAAAAAIE/7FkUPaOh0H4/s320/habitacionhospital.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5173382866980963730" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;p&gt;De regreso en el hotel, Tapia le preguntó qué iba a hacer con el cuerpo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Eso no te lo puedo decir—le respondió ella—, no sé si alguna vez se lo podré decir a nadie.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Se pasó horas al teléfono, sentada en la cama de sus padres, mirando hacia el ángel dorado de Insurgentes, hablando con parientes repartidos por el mundo, dando la noticia, siempre igual, un libreto de palabras precisas que había escrito con su letra de microbio en un pedazo de papel. &lt;blockquote&gt;“Llamo para dar pues una mala noticia. Se nos fue mi hermano. No sufrió, no sintió dolor, murió tranquilo y gracias a Dios que estuvo acompañado hasta el final. Muy bien atendido. Nada, hicieron todo lo que pudieron. Un aneurisma, una malformación de un vaso sanguíneo en el cerebro. Congénito, es decir, de nacimiento. Dicen que podría haberle pasado a los 10 años o a los 90, imposible de predecir. Podría no haberle pasado nunca. Estaba en la facultad jugando futból, sintió un dolor de cabeza y se desvaneció y de ahí mismo lo llevaron al hospital. No sufrió nada, es lo que dicen ellos, que ni se dio cuenta de nada. Me avisaron y me vine inmediatamente a verlo. Alcanzó a verme, es decir, alcancé a verlo con vida. Vine con un amigo. Un amigo chileno. No, ustedes no lo conocen. Acá mismo en el D.F., así lo hubiera querido él, voy a hacer lo posible para que quede al lado de ellos. Nada, sin ceremonia, algo simple. Panteón de Dolores. Órale pues, gracias. Besos para ustedes. No, no se preocupen. Adiós”&lt;/blockquote&gt;.&lt;p&gt;Nano Tapia le acariciaba el pelo y no le soltaba la mano mientras ella marcaba números y daba una y otra vez, con variaciones del mismo libreto, la noticia de la muerte repentina de su hermano. Cuando llegó al final de la lista, Tapia la tendió en la cama y le cerró los ojos, acurrucándola hasta que sintió que se dormía. Apoyó su cabeza en la almohada, junto a la de ella. En el techo del cuarto se proyectaban las luces y las sombras del tráfico incesante de México, D. F., borrosas a través de sus lágrimas.&lt;/p&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-weight:bold;"&gt;15&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;p&gt;Tapia trató de convencerse de que la sonrisa de Vergara no era burlona. Se sacó de encima la mano con que el economista le apretaba el hombro, y se puso la parka para salir. Sentía los hombros agarrotados y los labios secos cuando salió a la plaza. Corría un viento helado. Así era marzo en Nueva York, frío en la noche de un día de sol. Como en Chile. Vergara le puso llave a la puerta de entrada y se quedó observándolo desde el otro lado de la reja.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Olvídate, de esto no va a haber ninguna crónica—dijo Tapia.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;-Bueno, mejor, pero una crónica no tiene por qué incluirlo todo. No eres ni Plinio ni Funes, sino Nano Tapia—murmuró Vergara, apretando las mandíbulas y dándole un giro al cerrojo.&lt;/p&gt;&lt;p&gt;Tapia divisó a la DF que cruzaba la calle en dirección al metro. Cuando la perdió de vista, hundió las manos en las profundidades de su parka y apretó el pedacito de papel que ella le había metido en el bolsillo. No era eso lo que buscaba: hurgó más abajo, abriendo los dedos, hasta sentir la redonda suavidad bruñida, perfecta, de su nueva adquisición. La apretó en la palma de la mano y, sin soltarla, cruzó hacia la Washington Square. Buscó un banco cerca de un farol. La sacó a la luz y la ondeó como si fuera una batuta. Entonces escribió con su flamante pluma fuente el comienzo de la crónica de ese día inolvidable:&lt;/p&gt; &lt;blockquote&gt;“Entré al dormitorio a dejar mi parka y me encontré con el candidato de pie a la orilla de la cama”.&lt;/blockquote&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://2.bp.blogspot.com/_jUILtfjfgcA/R8uN-sl-BaI/AAAAAAAAAIM/r7P5a3rImxA/s1600-h/Plumafuente.jpg"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://2.bp.blogspot.com/_jUILtfjfgcA/R8uN-sl-BaI/AAAAAAAAAIM/r7P5a3rImxA/s320/Plumafuente.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5173384705226966434" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/18618136-8025890588085169326?l=ficcionessecretas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ficcionessecretas.blogspot.com/feeds/8025890588085169326/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=18618136&amp;postID=8025890588085169326&amp;isPopup=true' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18618136/posts/default/8025890588085169326'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18618136/posts/default/8025890588085169326'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ficcionessecretas.blogspot.com/2008/03/crnica-de-la-pluma-fuente-robada.html' title='CRÓNICA DE LA PLUMA FUENTE ROBADA'/><author><name>Roberto Castillo Sandoval</name><uri>http://www.blogger.com/profile/11990492289469280012</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://2.bp.blogspot.com/_jUILtfjfgcA/SiCs1KGzfcI/AAAAAAAAAbA/PBBIvDKdl9U/S220/Video+Snapshot-2.jpeg'/></author><media:thumbnail xmlns:media='http://search.yahoo.com/mrss/' url='http://4.bp.blogspot.com/_jUILtfjfgcA/R8s7kMl-BRI/AAAAAAAAAHE/LM98DNpMSWo/s72-c/pluma-fuente-punta.jpg' height='72' width='72'/><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-18618136.post-114282754180404971</id><published>2006-03-19T22:27:00.000-05:00</published><updated>2006-12-10T23:33:39.630-05:00</updated><title type='text'>ESCRITORES DE ÉSOS QUE LES GUSTAN A LOS ESCRITORES. ANDRÉS DURÁN (1943-2005) y GINA BECERRA (1957-2005)</title><content type='html'>&lt;span style="font-style:italic;"&gt;La trayectoria de estos dos autores aclamados por la crítica especializada y por sus pares, pero ignorada por el público lector, nos invita a preguntarnos: ¿basta con ese reconocimiento de unos pocos?&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todo novelista o poeta entiende lo que se esconde detrás de la frase supuestamente halagadora “X es un escritor de escritores”. Lo que se subentiende es que a todo “X, escritor de escritores” no lo mueve la fama sino la pasión, y por lo tanto se le asigna un grado de “pureza artística” mayor, especialmente si esta pureza está avalada por el desconocimiento público y la escasez de ventas. Tanto Andrés Durán como Gina Becerra tuvieron que bregar con este encomio de doble filo, logrando escapar de él solamente al final de sus vidas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se cruzaron en varias ocasiones antes de terminar unidos. Durán le dedicó a Gina su libro &lt;span style="font-style:italic;"&gt;Adulterio&lt;/span&gt;, una novela corta que tenía mucho más que ver con el problema de la verdad y de la fe (el fulcrum de la fidelidad, al fin y al cabo) que con el sexo. Y en el 2005, cuando ella obtuvo el cotizado Premio Perirrossi de narrativa breve, Durán fue miembro del jurado, por haber ganado el mismo galardón el año anterior. Los dos se consideraban discípulos de Chejov, se sentían conectados por una fe valiente y perdurable en el género del cuento –por su claridad, concentración, y fuerza—en una época en que el género de la ficción breve tenía poca salida.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Durán, chilote robusto y de anchas espaldas, ex campeón de tiro de pistola y de natación de distancia, tuvo que pasar los últimos trece años de su vida en una silla de ruedas, debido a un acto de solidaridad que casi le costó la vida. Una noche, viajando de Puerto Montt hacia el sur, se detuvo a ofrecerle ayuda a un camionero que se había salido de la carretera. En eso estaba cuando lo pasó a llevar un automóvil que corría sin luces. El golpe le cercenó la médula espinal, inutilizándole para siempre las piernas. Consumido por la desesperación ante su parálisis, Durán cambió su visión del mundo, y eso se reflejó tanto en su modo de vivir como en su escritura. Su prosa se volvió tridimensional, sin perder la claridad y la firmeza de antes. La voz narrativa adquirió en sus obras un carácter casi visionario, aun siendo fiel al método realista que había aprendido de Chejov, de Hemingway, de Baldomero Lillo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hija de inmigrantes peruanos de ascendencia japonesa, Gina de los Ángeles Becerra nació en Taltal, pero creció y se educó principalmente en Lima, en casa de su tío materno, Alberto Yamada, cronista de “El Comercio” que compartía ocasionalmente el nom de plume de “Mario Vargas Llosa” con el verdadero Vargas Llosa cuando Marito se ausentaba para escribir sus novelas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://photos1.blogger.com/blogger/339/1539/1600/kroker2.JPG.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/339/1539/320/kroker2.JPG.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt; matrimonio con Durán llevó a Gina Becerra desde el Perú al sur profundo de Chile, a esa zona fértil de poetas y terremotos que tiene como epicentro la ciudad de Valdivia. Allí, se cuidó de mantener su distancia con el mundo de los poetas láricos y sus descendientes. Protegió su prosa clara y escrupulosa de la potente melancolía sureña mediante la evocación de su infancia en la pampa y la costa del norte. Sus personajes tienen en común cierta capacidad de saber precisamente dónde &lt;span style="font-style:italic;"&gt;no están&lt;/span&gt;—en sus andanzas carambolescas parecen aludir a Kafka y a Maupassant, pero a un Kafka y a un Maupassant enloquecidos por los paisajes lunares del Nuevo Mundo. Las ficciones de Becerra, precisas y al borde de la frialdad, nunca desilusionan: tienen un aire de verdad y dejan la impresión de sabiduría.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Poco antes de decidir y ejecutar su muerte conjunta, Durán y Becerra conocieron la fama efímera que acompaña a los premios prestigiosos, pero el resplandor del reconocimiento del gran público fue demasiado breve como para mantener iluminada una obra que a la larga, por compleja y profunda, seguirá siendo un secreto de pocos.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/18618136-114282754180404971?l=ficcionessecretas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ficcionessecretas.blogspot.com/feeds/114282754180404971/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=18618136&amp;postID=114282754180404971&amp;isPopup=true' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18618136/posts/default/114282754180404971'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18618136/posts/default/114282754180404971'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ficcionessecretas.blogspot.com/2006/03/escritores-de-sos-que-les-gustan-los.html' title='ESCRITORES DE ÉSOS QUE LES GUSTAN A LOS ESCRITORES. ANDRÉS DURÁN (1943-2005) y GINA BECERRA (1957-2005)'/><author><name>Roberto Castillo Sandoval</name><uri>http://www.blogger.com/profile/11990492289469280012</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://2.bp.blogspot.com/_jUILtfjfgcA/SiCs1KGzfcI/AAAAAAAAAbA/PBBIvDKdl9U/S220/Video+Snapshot-2.jpeg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-18618136.post-114166528688217154</id><published>2006-03-06T11:27:00.002-05:00</published><updated>2006-03-06T12:37:35.393-05:00</updated><title type='text'>LA HERENCIA TRÁGICA DE ANDRÉS OSSA W. (1957-2005)</title><content type='html'>&lt;span style="font-style:italic;"&gt;Capítulo final de un novelón por entregas de la vida real, donde se verá si nuestro héroe puede escapar de su sino hereditario.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El drama del elegante Andrés Ossa Woodward culminó una mañana de domingo, hace no más de tres meses, cuando dio un paso en el aire desde su balcón y se precipitó a encontrar la muerte que lo esperaba en el asfalto, 17 pisos más abajo. Tenía 48 años. Dejó una hija de tres años, una ex-esposa en tratamiento siquiátrico y una herencia que se calcula en más de 500 millones de dólares.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Todos sus conocidos se preguntaron el por qué de su decisión final: sus ex amigos de Harvard, sus compañeros de velerismo en Newport y en Bahía Inglesa, las mujeres que le pasaban a dejar regalos y comida cuando estaba enfermo, seducidas por su mezcla de encanto y apostura, mujeres de todas las edades desesperadas por ese aire de romántico herido y de heredero de fortuna antigua. Apenas se supo la noticia del suicidio, comenzaron a circular las preguntas en su entorno. ¿Habría sido una recaída de la depresión maníaca que parecía haber derrotado con nuevas pastillas? ¿O los estragos de una separación agria y traumática? ¿O acaso algo más oscuro y perverso había empujado al abismo a ese ser divertido, frágil, generoso y reservado a quien a veces consideraban un amigo? ¿A tanto llegaría el poder trágico de la leyenda familiar? Andrés parecía haber repelido con éxito el legado autodestructivo de su clan, hasta que, abruptamente, terminó por sucumbir y aceptarlo esa mañana primaveral.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Heredero de las grandes fortunas mineras de principios del siglo XX, Juan Andrés Ossa Woodward nació y se crió con las ventajas de la riqueza y la posición social familiar. Su madre, Ann Purdey Woodward, fue modelo y actriz de radioteatros en la radio neoyorquina KCBS. Conoció al padre de Andrés en el club Monte Carlo de Nueva York, donde ella trabajaba como bailarina. La muchacha de Kansas, famosa por su belleza, no demoró en conquistar al millonario sudamericano con quien se topó a la salida del club. El matrimonio convulsionó el medio social santiaguino, en el que Ossa padre había sido por varios años el soltero más codiciado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Andrés y su hermano Juan Eduardo, tres años menor, fueron la encarnación estereotípica de la orfandad privilegiada: eran vigilados por institutrices, amas de llave y choferes mientras sus padres se dedicaban a cazar tigres en la India o a posar junto a los purasangre que criaban en las pastos azules de Kentucky. La pareja Ossa Woodward viajaba –junta o separada—por el planeta entero, a la siga de aventuras exóticas o extramaritales. Mientras tanto, los niños iban al colegio en Santiago. Los fines de semana los pasaban en la mansión viñamarina de la familia, donde sirvientes especializados les enseñaron a navegar, a jugar tenis y a nadar como delfines.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Luego vino la catástrofe. 30 de octubre de 1967, Viña del Mar. La pareja había vuelto a la mansión después de asistir a la recepción del palacio de Cerro Castillo a la Reina Isabel II de Inglaterra, que estaba de visita oficial en el país.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Se dice que esa noche Juan Andrés, el padre, estuvo más encantador que nunca, y que encandiló con su gracejo a la misma Reina Isabel, famosa por su antipatía y nulo sentido del humor. Los Ossa Woodward volvieron felices y cansados a la mansión después del triunfo social. Fueron a mirar cómo dormían los niños, como era su costumbre, se tomaron una última copa en la biblioteca inglesa y se fueron a descansar.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://photos1.blogger.com/blogger/339/1539/1600/QueenElizCHileReception.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/339/1539/320/QueenElizCHileReception.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;Ann se despertó al oír ruidos en la oscuridad. Su marido no estaba junto a ella. Aterrada y medio dormida, buscó la pistola que guardaba en su mesa de noche y salió decididamente al balcón. Allí vio la sombra de un hombre que trataba de abrir el cerrojo, y vació los seis tiros del cilindro a través de los cristales, matando al supuesto intruso, que resultó ser su esposo. Dormidos en otra parte de la casa, los niños no sintieron nada.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aunque la investigación determinó que se trató de un accidente, las repercusiones de este hecho de sangre nunca se apagaron. Las fotografías de esa época muestran a Andrés, de 10 años, con el jopo rubio y los ojos claros de su madre. En esos ojos hay una mirada de distancia y de sospecha, la mirada de alguien que ya se dio cuenta de que tiene que resguardar muy bien su mundo interior. Durante las investigaciones, la madre mandó a los niños a Le Rosey, un internado exclusivo en las montañas suizas, cerca de Gstaad.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La alta sociedad santiaguina fue implacable con Ann (“la pelirroja de Kansas”, según la prensa amarilla). La consideraron culpable de haber asesinado a su marido y se la sometió al ostracismo más implacable. Fue tal su aislamiento que tuvo que irse del país. Primero se fue a Suiza para estar cerca de sus hijos. Luego se los llevó a Francia, a los Estados Unidos, a Cerdeña, y a Brasil. Andrés aprendió en Río de Janeiro a dominar el portugués, a lo que sumaba su maestría en todos los idiomas europeos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando cumplió 17 años logró entrar a Harvard, donde se hizo conocido por sus arrebatos de rebeldía y por lo que un compañero llamó su “gran inclinación por lo extraño”. Una amiga de universidad cuenta que a Andrés “o le costaba ubicarse bien, o simplemente no le interesaba hacerlo”. Una vez, de vacaciones en Chile, a finales de los 70, entró al Samoiedo de Viña del Mar vestido de uniforme camuflado y portando tres subametralladoras de juguete (disparaban chorros de agua) que había traído de Estados Unidos especialmente para hacer esa broma. “La gente lo vio entrar y se empezaron a tirar de guata al suelo, pensando que era un extremista que los venía a matar”, cuenta una ex-polola.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ossa desdeñaba las convenciones de su clase social. Tomaba la micro para asistir a funciones de gala, y una vez allí prefería hablar con los acomodadores o boleteros en lugar de los “paquetes” –como les decía—de &lt;span style="font-style:italic;"&gt;le tout Santiago&lt;/span&gt;. Su ex-polola dice que “quería simplemente ser él mismo, sin las complicaciones de su posición social. Se creía de verdad la novela de que podía ser parte del común y corriente de la humanidad”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, su fortuna y su familia –o más bien el efecto que estos factores tienen en la gente—conspiraban para apartarlo de todo lo que fuera común y corriente. Nunca pudo acertar con su vocación. Intentó ser periodista, con una corresponsalía de El Mercurio que abandonó después de que se le censuraran varios despachos en que usaba la palabra &lt;span style="font-style:italic;"&gt;dictadura&lt;/span&gt;. Volvió a Harvard a sacar un MBA y después de eso trabajó como asistente de la superintendencia de bancos de Massachusetts. Un compañero de Harvard niega que haya sido un típico niñito rico y &lt;span style="font-style:italic;"&gt;dilettante&lt;/span&gt;: “Todo lo que hacía lo tomaba en serio. Lo que le interesaba era contribuir, retribuir lo que se le había dado a él”. Consideraba que su fortuna había sido a costa de sangre ajena, pero invirtió bien cuando tuvo que hacerlo, y se sentía orgulloso de haber triplicado su herencia en pocos años.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Evidentemente, desde que tenía 20 años hasta bien entrado en los 30, fue considerado uno de los solteros más apetecidos de su época, tal como había sucedido con su padre. “Eran esos ojos grises tan tristes”, asegura otra ex. Podía ser romántico hasta la ridiculez. A sus parejas les prodigaba flores y poemas nada de malos, además de todo tipo de atenciones. Era genuino en su sensibilidad de película romántica. Le afectaba, por ejemplo, que una mujer a quien acababa de dejar en un taxi no se volteara a despedirse de él con la mano al partir. Pero tenía problemas con la intimidad, con la cercanía. Una de sus acompañantes cuenta “cuando una vez le dije que lo quería, reaccionó de manera muy fuerte. ‘No me digas eso’, me gritó muy airado. Tenía miedo de que cuando tenía enganchada a una mujer, la verdad fuera que ella lo había enganchado a él”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Se autoanalizaba con minuciosidad. Creía supersticiosamente que su tendencia al escape emocional venía del miedo a que algo malo le iba a pasar a quien él le diera su cariño. También elucubraba que su escapismo podría deberse a los complicados sentimientos que evocaba en él su madre, esa mujer fuerte, peligrosa y seductora que tenía la costumbre de llamar a Andrés para que le subiera el cierre de sus vestidos de noche cada vez que salía. Le confidenció a un amigo que cuando estaba con una mujer sentía en la espalda la sensación de una caricia fría, la mirada de su madre. Por muchos años, Andrés ni siquiera tenía fotos de Ann. Las posesiones que había heredado de ella –alfombras Aubusson, un retrato de Ann pintado por Dalí, telas de Renoir, Picasso y Bonnard—las mantenía en bodegas. Siempre la defendió, eso sí, y afirmaba que la muerte de su padre había sido, en efecto, un accidente. Cuando Ann volvió a Chile, Andrés hizo lo imposible para que estuviera cómoda en todo el sentido de la palabra, al contrario de su hermano Juan Eduardo, quien para esa época ya estaba sufriendo las consecuencias de una vida entera de drogadicción y enfermedades mentales. Juan Eduardo acusaba a su madre de ser una asesina cada vez que podía, y si era en público, mejor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En febrero de 1985 culminó el drama que había empezado esa noche viñamarina casi 20 años antes. Enrique Lafourcade publicó su novela &lt;span style="font-style:italic;"&gt;Favores concedidos&lt;/span&gt;, en la que se narra, con un leve velo de ficción, la muerte de Andrés Ossa padre a manos de una “pelirroja de Arkansas, amante del jazz y del peligro”. Un ejemplar del libro llegó a manos de Ann. Tan bella como en su juventud, la pelirroja de Kansas se desnudó y tomó una sobredosis de barbitúricos en su departamento de la calle General Holley. A los pies de la cama dejó el elegante vestido de noche con que, según sus instrucciones, su hijo Andrés debía vestirla para ponerla en el ataúd. Minutos antes de suicidarse llamó por teléfono al escritor para insultarlo. Lafourcade dice que le contestó: “Mire, no me moleste más, aprenda a leer novelas, señora”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después del funeral de su madre, cuenta otra ex-polola, Andrés y su hermano se quedaron solos en su casa mirando las noticias de la televisión. Esa noche vieron trozos de los noticieros antiguos hechos después de la muerte de su padre. “Por primera vez, Andrés vio en la pantalla a ese niño de 10 años saliendo de la iglesia, guiando del brazo a su hermano menor. Quedó fascinado por esa imagen. Se consiguió el video y lo miraba y lo miraba, y pretendía que uno también lo mirara cien veces seguidas con él. Mira, ese niño con cara de ángel loco soy yo, decía”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tres años después del suicidio de su madre, Investigaciones llegó a buscar a Andrés para pedirle que reconociera el cadáver de su hermano menor. Juan Eduardo había fracasado en un intento de suicidarse unos meses antes, al lanzarse de un tercer piso, pero esta vez había encontrado por casualidad una ventana abierta en el noveno piso del hotel Carrera, y no había desperdiciado la ocasión.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Fue la forma en que murió Juan Eduardo lo que hizo todavía más increíble el suicidio de Andrés. Con la ayuda de su analista de mucho tiempo, la doctora Ruth Miranda (co-autora del bestseller &lt;span style="font-style:italic;"&gt;Cómo ser tu propio mejor amigo&lt;/span&gt;), parecía que Andrés estaba en vías de derrotar el legado trágico de su familia. El año 98, en Buenos Aires, se había casado con Alicia Axelrod, a quien había conocido un año antes en un avión rumbo a Europa. Ella era catorce años menor que él y manejaba el negocio de exportación textil de su familia: era una mujer independiente, culta y bellísima.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hubo un tiempo en que la pareja parecía francamente feliz, volando de Buenos Aires a Santiago, a Nueva York, o navegando en “Furia” o “Ruidosa”, los veleros de la familia, de La Serena a Bahía Inglesa, o de Gloucester a Newport en el verano septentrional. Su hija, Isabel, nació en 1999.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;No pasó mucho tiempo antes de que Andrés empezara a tener sus dudas sobre el matrimonio. Se quejaba de que a Alicia le interesaba más almorzar en los clubes de yates que estar con él. Ella quería gastar en ropa y en viaje tras viaje, y él no. Un antiguo compañero de universidad lo ve así: “Andrés se las arregló para hacer precisamente lo que siempre quiso evitar: casarse con su madre, es decir, con una mujer fuera de su ámbito social, con alguien que no tenía la menor idea de lo que a él le interesaba, o de qué se esperaba de ella, o de lo difícil que iba a ser estar casada con un hombre como él. Andrés era demasiado conocido y quería alejarse de eso. Siempre fue el hijo de la mujer que mató a su marido a balazos, hijo de una asesina suicida. Lo que él quería era tener una vida privada, pero eso era incomprensible para Alicia”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sus problemas matrimoniales fueron enredándose además en la bioquímica de su enfermedad mental, la manía depresiva o bipolaridad que lo sometía a oscilaciones monumentales de estado de ánimo. Alicia se empezó a preocupar de veras por la estabilidad mental de su marido cuando él le anunció a principios de 2001 que el mundo se iba a acabar y le dio instrucciones precisas para comprar y guardar provisiones y armas de fuego. Un par de años más tarde, en medio de una crisis maníaca severa de Andrés, Alicia se llevó a la pequeña Isabel del hogar. Andrés se reunió entonces con una antigua amante, la dramaturga sueca Marlene Öckner, en Estocolmo. Allí tomó la costumbre de recorrer las calles casi corriendo, grabando obsesivamente los sonidos de la ciudad. En cierto momento la Öckner lo encontró desnudo en un rincón de su pieza de hotel, sollozando y gritando que él era el culpable del suicidio de su hermano.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Con fármacos, su condición mental se estabilizó, pero tiene que haber sido muy difícil para su mujer, o para cualquiera, distinguir entre la enfermedad y los rasgos de su carácter. También debe haber sido muy difícil navegar en esas aguas turbulentas con una niña de pocos años en la casa. A veces la locura de Andrés tenía visos de santidad: una vez recogió a una pareja de indigentes y les pagó el pasaje para que fueran a trabajar en la mansión de Viña del Mar. Otras veces se borroneaba la diferencia entre su antigua inclinación por lo extraño y su compulsión patológica: tomaba cientos y cientos de fotografías de un solo objeto, usaba tres relojes en la muñeca derecha, se quedaba a dormir en las plazas o se ponía a hablar en lenguas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alicia no quiso ser entrevistada para este reportaje, pero sí declaró que “Andrés fue víctima de una terrible enfermedad que ni su amor por su hija ni yo pudimos evitar. Lo amé y me casé con él por eso, y traté de ayudarlo en la medida de mis fuerzas”. En su declaración judicial de divorcio en la corte bonaerense se completa la película: “Si bien es cierto que nuestro estilo de vida siempre fue glamoroso, mi vida durante los últimos seis años me llevó en innumerables ocasiones a las profundidades de la desesperación y de la angustia”. Añadió que Andrés había sido un adúltero compulsivo que la “provocaba mostrando los recados de sus amantes, tarjetas de visita de prostitutas, y hasta profilácticos usados diseminados por toda la casa”. &lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Ossa estaba indignado por las acusaciones de su esposa, particularmente aquéllas en que Alicia declaraba que Andrés había traído prostitutas a la casa mientras ella y su hija estaban allí. La sacó de su testamento y rehusó cualquier acuerdo de pensión o de compensación a nombre de ella. Pero los abogados de Ossa perdieron cada una de las batallas legales, hasta que por fin se resolvió el caso a favor de Alicia, por 50 millones de dólares.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La rabia que Andrés fue acumulando por su divorcio se convirtió en una depresión paralizante. Dejó de juntarse con sus amistades. Contestaba las llamadas telefónicas solamente si eran de sus médicos o sus abogados. Pasaba horas resolviendo crucigramas o simplemente tumbado en un sillón con la cabeza entre las manos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Los días de semana bajaba de su apartamento a eso de las 8 de la noche y escrutaba el ventanal de El Quiosco, el restaurante que quedaba junto a su edificio. Si no estaba lleno, entraba y ocupaba una mesa al fondo del local. El personal sabía que no variaba su pedido: ensalada mixta orgánica, pollo asado, flan y dos vasos grandes de agua mineral, sin gas y sin hielo. Cuatro semanas antes de morir, preguntó si alguien en el restaurante estaría interesado en quedarse con Rafa, el perrito chihuahua que había pensado regalarle a su hijita Isabel para su cumpleaños.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Dos semanas antes de su muerte le confidenció a un antiguo compañero de universidad, por teléfono, que se sentía muy deprimido y que no estaba seguro de poder salir adelante. “Ya estoy cansado de hablar”, le dijo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Su ex novia conversó con él el viernes antes de su muerte. “Estaba de lo más bien”, dice ella. “Habría apostado cualquier cosa a que todo iba a salir bien, nunca me imaginé lo que estaba a punto de pasar”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El sábado, un portero lo vio paseándose alrededor del edificio, observando los ventanales altos.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nadie sabrá qué le pasaba por la mente esa mañana de domingo. Encerró al chihuahua Rafa en el baño. Atravesó el desorden de su departamento, pasó junto a los trofeos de navegación, frente a las fotos de los caballos de carrera de Kentucky, al lado de los closets donde guardaba los fracs de su padre y su abuelo. Cruzó por el comedor decorado con papel mural del siglo XVII pintado a mano y elegido por su madre, donde colgaban los retratos al óleo de su hijita y las fotografías enmarcadas que había puesto hacía un par de meses, cuando una de sus amigas le preguntó por qué no tenía ningún retrato de sus padres.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Alineó con cuidado sus pantuflas junto a la ventana del balcón y se sentó en la baranda, balanceándose unos segundos justo 51 metros encima de la entrada de servicio, sintiendo la brisa de la mañana húmeda y calculando que iba a dar menos espectáculo saltando allí que al lado de la calle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La gente que lo quiso o que lo cuidó desearía creer que hubo algo más que angustia en ese momento final, que ojalá él haya sentido algo de alivio al deshacerse de una vez por todas del gentío de abogados y obligaciones legales, de la atención que nunca pidió, de los chismes, de la herencia fatal, del karma mismo de su apellido, todo eso desprendiéndose de su conciencia en ese largo segundo que se demoró en desechar una vida entera.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Después del funeral, llevaron su malogrado cadáver al Cementerio General, donde yace en el panteón familiar junto a su madre y a su padre y a su hermano, todos los Ossa Woodward, reunidos otra vez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://photos1.blogger.com/blogger/339/1539/1600/Ossa2.jpg"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/339/1539/320/Ossa2.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/18618136-114166528688217154?l=ficcionessecretas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ficcionessecretas.blogspot.com/feeds/114166528688217154/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=18618136&amp;postID=114166528688217154&amp;isPopup=true' title='1 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18618136/posts/default/114166528688217154'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18618136/posts/default/114166528688217154'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ficcionessecretas.blogspot.com/2006/03/la-herencia-trgica-de-andr_114166528688217154.html' title='LA HERENCIA TRÁGICA DE ANDRÉS OSSA W. (1957-2005)'/><author><name>Roberto Castillo Sandoval</name><uri>http://www.blogger.com/profile/11990492289469280012</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://2.bp.blogspot.com/_jUILtfjfgcA/SiCs1KGzfcI/AAAAAAAAAbA/PBBIvDKdl9U/S220/Video+Snapshot-2.jpeg'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-18618136.post-114142612296211371</id><published>2006-03-03T16:16:00.000-05:00</published><updated>2006-03-03T17:54:26.346-05:00</updated><title type='text'>EL GURÚ SECRETO: MATEO SILVA-CARREÑO (1924-2005)</title><content type='html'>&lt;span style="font-style:italic;"&gt;(Según la narración de Raúl &lt;span style="font-style:italic;"&gt;Raoul&lt;/span&gt; Ruiz)&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Silva Carreño, mexicano, fotógrafo, cineasta, pintor, dramaturgo de salón (“El amor en tres actos, comedia azteca”), y gurú (aunque odiara la palabra y el concepto de ser gurú) de varias generaciones de artistas y poetas, se ahogó el 15 de septiembre en el mar frente a su casa de Maitencillo. Por lo que sabemos, ejecutó su propia muerte con la misma excentricidad y el desparpajo elegante que guiaron todos sus actos. Su esposa, la escritora de cuentos infantiles Aurelia Ochoa, informa que un par de días antes de morir Silva Carreño le recordó que el 15 de septiembre era el día de la Independencia de México. A ella le extrañó, dado que él nunca recordaba efemérides patrióticas, ni menos las mexicanas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Una semana antes había terminado un cuadro que tituló “Último retrato”. Cuando Aurelia le preguntó la razón del título, él se encogió de hombros. El 14 de septiembre en la noche el matrimonio recibió en su casa a dos parejas de amigos, y tuvieron una cena agradable y relajada. Lo único raro fue un episodio bochornoso que ocurrió al fin de la velada. El anfitrión obligó a los dos invitados a cantarle una ranchera llamada "Mi noche triste" antes de permitirles que se fueran. Al día siguiente Silva Carreño se esfumó. Un pescador dice haberlo visto internarse en las olas, desnudo, al amanecer. Nunca se recuperó su cadáver.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Nacido en la tropical Veracruz poco después del triunfo de la Revolución Mexicana (su abuelo fue gobernador del estado y peleó a tiros con los Marines yanquis para la invasión), Silva Carreño quiso desde muy joven salir a conocer el mundo. Su mensajero de los dioses fue Edwin Denvy, misionero californiano que iba en camino a Sudamérica cuando se topó por casualidad con Silva en un estudio fotográfico de Veracruz. Denvy hipnotizó al doncel mexicano con descripciones detalladas de la vida en la Patagonia. En las pocas semanas que el norteamericano se quedó en la húmeda Veracruz, surgió entre el muchacho mexicano y Denvy una amistad que duraría toda la vida. En 1945, una herencia le permitió a Silva Carreño escapar por fin de México y de un sombrío escándalo sentimental con una mujer "más de cien años mayor", como decía. Se embarcó rumbo al sur, con su cámara fotográfica, en busca de Denvy y las aventuras patagónicas que el gringo le había prometido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://photos1.blogger.com/blogger/339/1539/1600/Denvy.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/339/1539/320/Denvy.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;Lo encontró en Valparaíso y descubrió que su amigo no era californiano, sino ruso. Tampoco era misionero, sino ex-bailarín de la troupe de Diaghilev. Averiguó también que Denvy jamás había estado en la Patagonia. Se ganaba la vida timando o acompañando caballeros acaudalados en París, y había ido a Chile, como dice en su diario de vida, “en busca de lo exótico y de andanzas sexuales en las antípodas”. Lo más probable, le advirtieron a Silva Carreño, es que estuviera huyendo de la larga mano de la justicia .&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;A Silva Carreño no le importaron estas revelaciones, y le propuso a Denvy que compartieran una casa dilapidada en la calle República de la capital, Santiago. “Ya estoy cansado de puertos— los puertos son todos iguales”, decía el estafador-gigoló ruso. A poco de llegar, el veracruzano se dedicó a conocer y a fotografiar su ciudad adoptiva. Adquirió en un remate de aduanas una cámara de cine y empezó a experimentar con películas cortas (que hoy se encuentran por milagro en el Archivo Nacional) en las que aparecen las amistades del cosmopolita Denvy: el escritor Carlos Droguett, Volodia Teitelboim junto a una bella argentina anónima, el boxeador Arturo Godoy, Roberto Matta, y hasta un Nicanor Parra tímido, peinado a la gomina y sospechoso del lente. También está presente, como un espectro salido de su propia cámara, el fotógrafo Sergio Larraín, con quien Silva-Carreño se enemistó al punto de trenzarse a golpes en un cine. Se gritaban "¡impostor!" entre combo y combo, hasta que los separó la policía.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Conocí a Mateo en 1950, cuando me pidió que hiciera un rol muy pequeño en una de sus películas, “Tensión en aumento”, con Pury Durante y Lena Escuti. Acepté con la condición de que me prestara su cámara por un mes entero, como forma de pago. Mi personaje y yo no teníamos nada en común, al punto de ser un &lt;span style="font-style:italic;"&gt;miscasting&lt;/span&gt; ridículo: yo, que en ese tiempo era tímido, flaco y sarcástico, tenía que hacer de jugador de fútbol, un tipo extrovertido, maceteado e ingenuo, muy crédulo. Pero el miscasting no importaba en las películas de Silva Carreño, porque su cine se alimentaba de lo anómalo y lo accidental. &lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://photos1.blogger.com/blogger/339/1539/1600/silvacarren2.jpg"&gt;&lt;img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/339/1539/320/silvacarren2.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;Lo mismo puede decirse de sus fotografías de Santiago: son mareas de peatones, verdaderos oleajes humanos. Extrañamente, esos peatones parecen ser siempre los mismos, con sus vestoncitos, sus sombreros, sus zapatos de medio taco, las blusas iguales, los mismo peinados. Uno tiene que mirar los detalles para distinguir de qué época se tratan, pero el efecto de ese anonimato uniforme es, curiosamente, conmovedor y al mismo tiempo claustrofóbico. Captó así, sin quererlo, la esencia de lo chileno. &lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://photos1.blogger.com/blogger/339/1539/1600/cristeros.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/339/1539/320/cristeros.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;Antes (y tal vez por eso quiso huir para siempre de su país) capturó la mexicanidad misma con una fotos que tomó, siendo aprendiz, de las masacres de la guerra de los Cristeros. El gurú no se las mostró a nadie estando vivo, pero me las dejó en testamento, quizás por cierta afinidad que él sentía con mi obra, afinidad de la que por cierto jamás me habló directamente, siendo él mexicano y yo chileno.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;A Silva Carreño le encantaba ser parte del “underground”, por una razón que podría parecer superficial: la palabra “underground” le parecía hermosa. Por otro lado, le deleitaba que sus amistades salieran “a la superficie” y que, como Matta, Godoy, Parra, Teitelboim o el mismo Droguett, se hubieran destacado. Era feliz creyéndose el catalizador de esos triunfos ajenos, porque así se sentía libre para dedicarse a sus propias cosas sin restricciones ni grandes expectativas. Suyo era el lema de algunos compositores románticos alemanes: &lt;span style="font-style:italic;"&gt;frei aber einsam&lt;/span&gt;, libre pero solo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Aunque le fascinaba que se mostraran sus películas, nunca hizo mayores esfuerzos para promoverlas. Lo que más le gustaba era colaborar con los poetas jóvenes en editoriales efímeras y sacar libros de tiraje reducido que ahora se han convertido en objetos de culto y de colección, como su autobiografía “Casas rodantes”, o la notable “Transporte público”, compilación de sus fotos santiaguinas con textos poéticos de sus colaboradores.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo mejor, y quizás lo más desconocido de su obra son sus fotos tempranas de barrios de Santiago, especialmente de los edificios comerciales del centro, “pues tan huerfanitos de arquitectura”, como decía él, “lugares donde se nota que no ha habido muertos por montones, todavía”, esos mismos edificios que ahora están siendo convertidos en condominios urbanos de lujo, lofts o apart-hoteles. &lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://photos1.blogger.com/blogger/339/1539/1600/silvacarre3.jpg"&gt;&lt;img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/339/1539/320/silvacarre3.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;En esas fotografías, la arquitectura transciende su apariencia genérica y revela detalles oscuros, premoniciones violentas en medio de lo apacible. Son invitaciones gentiles a entrar en el pasadizo que él abre con su lente y que desemboca en los misterios de la identidad, del cambio, de la muerte. Ése es el ojo de Mateo Silva Carreño: te da para ver si ves, no te exige que veas lo que él quiere que veas. Nos dejó mucho para mirar al hundirse en las aguas plomas y frías del Pacífico, lo más cerca que llegó a la Patagonia de sus sueños.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/18618136-114142612296211371?l=ficcionessecretas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ficcionessecretas.blogspot.com/feeds/114142612296211371/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=18618136&amp;postID=114142612296211371&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18618136/posts/default/114142612296211371'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18618136/posts/default/114142612296211371'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ficcionessecretas.blogspot.com/2006/03/el-gur-secreto-mateo-silva-carreo-1924.html' title='EL GURÚ SECRETO: MATEO SILVA-CARREÑO (1924-2005)'/><author><name>Roberto Castillo Sandoval</name><uri>http://www.blogger.com/profile/11990492289469280012</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://2.bp.blogspot.com/_jUILtfjfgcA/SiCs1KGzfcI/AAAAAAAAAbA/PBBIvDKdl9U/S220/Video+Snapshot-2.jpeg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-18618136.post-114091943238496655</id><published>2006-02-25T19:53:00.001-05:00</published><updated>2008-04-29T12:58:47.601-04:00</updated><title type='text'>LA REVOLUCIÓN CULTURAL EN CHILE. MARGARITA LU (1917-2005)</title><content type='html'>&lt;span style="font-style:italic;"&gt;Las batallas en contra de la monotonía de la cocina chilena, con salsa de ciruelas, jengibre y sésamo como armas secretas.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://photos1.blogger.com/blogger/339/1539/1600/acps2.gif"&gt;&lt;img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/339/1539/320/acps2.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt; &lt;br /&gt;Margarita Lu siempre soñó con ser maestra de gimnasia, especialmente de danza gimnástica, pero las vueltas de la historia y la dispersión de su familia la dejaron en Chile, muy lejos de su China natal y de sus sueños de infancia. En Chile cosechó, sin embargo, triunfos más duraderos que cualquier medalla olímpica.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Si Margarita Lu hubiera previsto la magnitud real de lo que se propuso hacer en los años 60, probablemente habría abandonado su proyecto. Tuvo la idea temeraria y algo quijotesca de cambiar los hábitos culinarios de su patria adoptiva. Con un castellano musicalizado por las inflexiones tonales del mandarín, se lanzó a hacer clases particulares de comida china. A su cocina de la calle Tranquila de Ñuñoa llegaron en un comienzo sólo damas extranjeras ligadas al mundo diplomático, pero después de un par de años se vio invadida de chilenas (y algunos chefs criollos) intrigados por la fama “underground” que se había hecho Margarita. Motivada por este éxito, en 1968 lanzó su clásico libro &lt;span style="font-style:italic;"&gt;El placer de la comida china&lt;/span&gt;, que se agota cada vez que es reeditado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al momento de publicar ese primer volumen (que más que un libro era un folleto mimeografiado), Margarita llevaba más de 30 años en Chile y había criado cuatro hijos en este país. A pesar de eso, la autora se esmeró en marcar eso que algunos llaman hoy su “otredad”, vale decir su diferencia cultural y étnica. El título mismo del volumen es calculadamente oriental, y el afán de diferenciarse, de auto-orientalizarse, aparece ya en la primera frase: “Nosotros en China consideramos que la gastronomía es una forma de arte como cualquier otra”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Margarita se apropia de ese “&lt;span style="font-style:italic;"&gt;nosotros en China&lt;/span&gt;” con una gracia que llega a ser conmovedora si se considera que su vida adulta la había hecho en Chile, sin posibilidad ni deseo alguno de retorno. Su familia se había dividido políticamente entre maoístas y nacionalistas. Su única hermana, de quien se distanció por la misma razón por la que terminó su matrimonio, se había ido a vivir a los Estados Unidos, donde se dedicó a hacer películas (la última fue &lt;span style="font-style:italic;"&gt;The Last Emperor&lt;/span&gt; de Bertolucci) bajo el seudónimo de "Lisa Lu". &lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://photos1.blogger.com/blogger/339/1539/1600/lisalu.GIF.jpg"&gt;&lt;img style="float:right; margin:0 0 10px 10px;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/339/1539/320/lisalu.GIF.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;A Margarita, en suma, no le quedaban vínculos con China, pero se niega a asumir su chilenidad. ¿Sintió tal vez que no podía hacerlo de otra manera? ¿Se sentía atrapada irreversiblemente entre dos mundos? Si fue así, no dio muestras de aflicción, con una diplomacia que uno no sabe si atribuir a su crianza china o a un aprendizaje profundo del arte chilenísimo del disimulo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Al leerla con la perspectiva de los años, es evidente que Margarita lo hizo todo con preciso cálculo. Eran tiempos distintos: el país conservaba una actitud de inocencia casi infantil ante lo extranjero, y Margarita supo adaptarse a esa inocencia perfectamente, leyendo con gran agudeza a su público. Estimular la curiosidad estaba bien, pero había que evitar provocarles angustias xenofóbicas a los lectores, ésa fue su estrategia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En primer lugar, le estaba vedado proclamarse lo que era: una chilena más. En segundo lugar, debía ser muy gradual en su aproximación a la comida china tradicional.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El cuidadoso cálculo cultural hecho por Margarita se aprecia al comparar ese primer libro con el segundo. Las recetas de &lt;span style="font-style:italic;"&gt;El placer de la comida china en Chile&lt;/span&gt; empiezan con los platos más conocidos de la cocina que ella denomina “chino-criolla”: el &lt;span style="font-style:italic;"&gt;chop suey&lt;/span&gt;, el &lt;span style="font-style:italic;"&gt;chow mein&lt;/span&gt;, los rollitos primavera, el &lt;span style="font-style:italic;"&gt;foo yong&lt;/span&gt; de huevo. Paulatinamente lleva al lector de la mano hacia los platos más puramente chinos, primero usando ingredientes encontrables en mercados locales, para atenuar el choque cultural. Mucho más adelante ya se atreve a poner recetas de platos “chinos-chinos” que requieren ingredientes altamente especializados, como la salsa &lt;span style="font-style:italic;"&gt;hoisin&lt;/span&gt; o el aceite de sésamo concentrado.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En contraste, su segundo volumen, &lt;span style="font-style:italic;"&gt;La escuela culinaria de Margarita Lu&lt;/span&gt;, publicado en 1999, y tan inencontrable como el primero, contiene recetas con ingredientes como hociquillos de pez, yuca, amaranto, hongos plateados, semillas de loto, o salsa de ciruelas. Mientras que el primer libro incluye cosas tan básicas como instrucciones para manejar los tradicionales palitos (sin olvidarse, por cierto, de autorizar el uso del tenedor), su segundo libro da por sentado que ningún lector se quedará perplejo cuando se le pida esculpir una papa o un rábano en forma de pavo real o de cisne.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pero todavía quedaban distancias culturales por navegar en 1999. Por eso, en el segundo libro Margarita Lu incluye una sección de “Preguntas y Respuestas” donde resuelve misterios como si los chinos hacen fiestas de cumpleaños, o si es cierto que los chinos tienen la presión baja por naturaleza, o si es cierto que no toleran el alcohol. Revela también que las fortunas de las galletitas las inventaron unos predicadores gringos para meter versículos de la biblia de contrabando, y que los chinos se referían maliciosamente a los platos de arroz frito como “Arroz Tokio” durante la Segunda Guerra Mundial, como burla anti-japonesa políticamente incorrecta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lo que más cambia de un libro a otro es la voz narrativa, si es que se puede hablar de &lt;span style="font-style:italic;"&gt;narrativa&lt;/span&gt; en un manual de cocina. Ese “nosotros en China” es reemplazado, a veces algo torpemente, por “los chinos”, o por una voz pasiva difícil de asignar. Jamás llega a escribir “&lt;span style="font-style:italic;"&gt;nosotros los chilenos&lt;/span&gt;”, como si tuviera conciencia de las trampas de la asimilación cultural y de la complejidad de un país escindido, el caos de una nación que despierta y se encuentra con que su supuesta homogeneidad es una ficción en la que ya nadie está dispuesto a creer más de la cuenta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sin embargo, no se deja avasallar por estas complicaciones. Cierra su libro de recetas con creaciones originales de sus discípulos chilenos: “&lt;span style="font-style:italic;"&gt;No se necesita ser chino para inventar platos chinos&lt;/span&gt;”, señala con entusiasmo. Elige esa coyuntura para introducir su famosa versión de la cazuela chilena, sin mayores comentarios por la osadía.&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://photos1.blogger.com/blogger/339/1539/1600/100_0220.JPG.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/339/1539/320/100_0220.JPG.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En la portada de su último libro, Margarita Lu aparece vestida con su &lt;span style="font-style:italic;"&gt;qipao&lt;/span&gt; tradicional, color sangre. No le sonríe a la cámara. De hecho, ni siquiera le dirige la mirada al lente, sino que la fija en el adorno de verdura con que engalana un plato. Parece decir “miren la comida que hago”, o simplemente invitar con toda humildad a probar esos manjares.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Esta modestia de la maestra cocinera nos recuerda una historia tradicional china que narra en su primer libro: hay una silla vacía en una mesa de gran banquete. La silla le pertenece a un famoso cocinero, quien por estar muy pendiente de su tarea jamás la ocupa. Pero los comensales igual le reservan sin falta un puesto. La idea es que el cocinero está presente en la mesa a pesar de su ausencia. Margarita Lu estuvo así entre nosotros los chilenos: presente y ausente de un modo similar al chef de esa historia. En Chile ella se hizo su lugar en la mesa, pero jamás quiso ocuparlo con plenitud.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Tal vez por eso se sintió con la libertad de marcharse cuando quiso, sin decirle nada a nadie, aderezando su última comida con una poción mortal, con la elegante delicadeza que tuvo para todo lo que hizo en este mundo.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/18618136-114091943238496655?l=ficcionessecretas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ficcionessecretas.blogspot.com/feeds/114091943238496655/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=18618136&amp;postID=114091943238496655&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18618136/posts/default/114091943238496655'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18618136/posts/default/114091943238496655'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ficcionessecretas.blogspot.com/2006/02/la-revolucin-cultural-en-chile.html' title='LA REVOLUCIÓN CULTURAL EN CHILE. MARGARITA LU (1917-2005)'/><author><name>Roberto Castillo Sandoval</name><uri>http://www.blogger.com/profile/11990492289469280012</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://2.bp.blogspot.com/_jUILtfjfgcA/SiCs1KGzfcI/AAAAAAAAAbA/PBBIvDKdl9U/S220/Video+Snapshot-2.jpeg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-18618136.post-113994077916242381</id><published>2006-02-14T12:51:00.000-05:00</published><updated>2006-02-14T13:48:46.396-05:00</updated><title type='text'>EMILIA BERGEN Y SU MUÑECO CONTESTADOR (1917- 2004)</title><content type='html'>&lt;span style="font-style:italic;"&gt;Antonia Marès, directora de la más reciente (y controvertida) versión fílmica de “La pérgola de las flores” habla del ventriloquismo y de la relación entre la desaparecida Emilia Bergen y su famoso muñeco de palo.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; RCS: En tu versión de "La pérgola" tú metiste un personaje, un ventrílocuo en decadencia, obviamente basado en la figura real de Emilia Bergen. Todo el mundo ha dicho ya que ella y el mono de palo se roban la película. Yo te quería preguntar antes que nada, a qué crees tú que se debió el auge del ventriloquismo, que ahora está casi desaparecido.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; AM: ¿Tuvo auge alguna vez el ventriloquismo? ¿Se dice así o se dice ventriloquia? ¿O ventriloquía? La Bergen decía “ventrilocura” y decía que por lo tanto ella era "ventríloca". Pero eso naquever con tu pregunta. No pega la idea del “auge” con el arte de hacer hablar a una marioneta. No hay auge en ese negocio, porque no hay posibilidad de marqueteo, no hay hype.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;RCS: Pero sí hubo más presencia pública de este tipo de &lt;span style="font-style:italic;"&gt;performance&lt;/span&gt;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;AM: Lo que pasa es de repente aparecen buenos artistas del asunto, gente que del vaudeville pasa al cine y se hacen famosos. Algunos alcanzaron a salir hasta en la televisión. Los buenos ventrílocuos, como el español Señor Wences, o la misma Emilia Bergen, son los que captan que hay una regla fundamental que tienen que respetar siempre: el muñeco tiene que despreciar al que lo manipula. El muñeco es un resentido, en el fondo, un resentido social. La mala leche del muñeco tiene que manchar al humano, al amo que le mete la mano por atrás. Y a veces esa mala leche del muñeco surge como una maldad algo siniestra. Eso a la gente le fascina. A la gente le fascina la traición, si cuando a alguien se le caga una guagua en la falda es imposible dejar de mirar. Por eso metí a la Bergen y su muñeco en “La Pérgola”, para darle un espacio a la maldad y a lo misterioso en una obra que a mí siempre me pareció buena, pero demasiado empalagosa. Además me pareció divertido un detalle, y es que la Bergen en el tiempo de "La Pérgola" era muy famosa, pero actuaba en la radio. Piensa en eso un poquito: un ventrílocuo que trabajaba principalmente en la radio. ¿Para qué darse la molestia si nadie te está viendo? Es un alucine ya de magnitud. El muñeco le sacaba eso en cara, le decía a la Bergen que no tenía gracia ser ventrílocuo por radio, y es cierto que es medio ridículo. Pero el absurdo es parte del paquete también. El Señor Wences hacía la cara de su muñeco con la mano y hasta aprendió a fumar con la mano. Surrealismo puro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; &lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://photos1.blogger.com/blogger/339/1539/1600/image7871.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/339/1539/320/image7871.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;RCS: Muchos de esos programas se transmitían desde un auditorio con público.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; AM: Claro, la Bergen trabajaba a veces en burlesque, en variedades, también con público. Para las fiestas patrias se iba a meter a las fondas del Parque Cousiño con el muñeco y lo hacía bailar cueca, cosa que el mono odiaba hacer, porque era un mono afrancesado y arribista.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; RCS: ¿Por qué ya no divierten los ventrílocuos? ¿Será porque parecen pasados de moda?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; AM: No creo que sea eso, no creo que sea culpa de la modernidad. De todo le echamos la culpa a la modernidad. El problema es que hay muy pocos cultores que le han sacado el jugo al potencial que hay ahí. Yo he visto máximo dos ventrílocuos buenos, divertidos, salvajes, en el sentido de selváticos y de salvajismo en su humor. Es que es difícil ser ventrílocuo, mucho más difícil que ser mago, mucho más que ser humorista.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; RCS: ¿Por qué es más difícil, aparte de la parte técnica?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; AM: Es un formato muy exigente que casi bordea en la necesidad de la esquizofrenia. Hay que manejar una dualidad técnica muy fuerte, y además de eso, mientras más enemistad, mientras más bronca en el escenario entre el artista y el muñeco, mejor. Tanto odio, que la Bergen se bajaba del escenario y se iba a vomitar todas las noches en su camarín, sin sacarse el muñeco del brazo. Cuando iba al camarín decía “voy al vomitorio”. Güitreaba y el mono mientras tanto hacía arcadas y la insultaba, de eso yo fui testigo. Ella vomitaba con el brazo estirado para que el mono pudiera comentar el asco que le daba. Y el muñeco después la dejaba en vergüenza frente al público contando lo que le pasaba. Que vomitaba, que andaba con la regla, que se masturbaba, la traicionaba todas las noches. Toda la disociación que quieras. Es un arte bien demente.&lt;br /&gt; &lt;br /&gt; RCS: Hay algo de grotesco en el asunto. Uno agarra a este hombrecito por detrás y lo hace hablar, y la gente se ríe.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://photos1.blogger.com/blogger/339/1539/1600/mono.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/339/1539/320/mono.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt; AM: Hay una cosa muy rara. En cuanto a drama, al teatro mismo de la cosa, me gusta mucho la dinámica: un personaje que se habla a sí mismo a través de una marioneta. Haciendo la investigación para la película, no me llegué a meter en eso de quién pudo haber sido el primer ventrílocuo, pero tiene que haber sido alguien muy rayado y al mismo tiempo muy lúcido. Lo mejor es cuando se da la confusión en el público, y cuando uno se mete en la discusión entre el ser humano y el mono de palo, y se pone a favor de uno o de otro. Uno empieza a ir por el mono y después cuando el mono se pone pesado, uno se pone de parte del huevón que le aguanta tanto al mono. La Bergen le decía “homúnculo” y el mono le contestaba “por eso será que te homunculeo”. Se arma toda una fantasía de violencia contra el mono y sin embargo una le aguanta y le aguanta y no quiere que pare. Y al mismo tiempo que una se ríe, siente ganas de llorar a gritos de tanta sordidez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; RCS: En “La historia secreta de La Pérgola” el muñeco de palo dice cosas que nadie más dice. ¿Qué hay ahí? En una época en que la expresión era menos libre de lo que es ahora, ¿cumplía el muñeco una función que ya no es necesaria?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; AM: No estoy segura, no me compro esas interpretaciones, pero igual eso es lo que hacía interesante en su época. El mono de palo empujaba los límites a lo mejor cuando nadie más podía hacerlo. Ahí está la clave de hacer ventriloquía: captar qué es lo que la gente no está diciendo, y obligar al muñeco de palo que lo diga todo él, pero que lo diga con su mala leche, para no caer en la autocompasión o la mierda terapéutica. La idea del mono desactivado pero vivo, escuchando lo que la gente está diciendo, me encanta. Por eso en la secuencia inicial está el muñeco suelto en una silla, aparentemente sin vida, pero moviendo los ojos. El problema es que la gente ya no está consciente de los secretos que tiene, y no sospecha que en alguna parte un muñeco de palo está registrándolos todos y esperando la oportunidad para revelarlos en público.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; RCS: Al final, ¿qué era lo que le gustaba más a la gente, en tu opinión, la personalidad de la Bergen como ventrílocuo o la de la marioneta?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; AM: La del mono, qué duda cabe. Por eso en mi película la escena final muestra que fue el mono el que le puso a ella la pistola en la boca y apretó el gatillo, porque eso es lo que en realidad debe haber pasado. Esa relación no podía terminar de otra manera.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/18618136-113994077916242381?l=ficcionessecretas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ficcionessecretas.blogspot.com/feeds/113994077916242381/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=18618136&amp;postID=113994077916242381&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18618136/posts/default/113994077916242381'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18618136/posts/default/113994077916242381'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ficcionessecretas.blogspot.com/2006/02/emilia-bergen-y-su-mueco-contestador.html' title='EMILIA BERGEN Y SU MUÑECO CONTESTADOR (1917- 2004)'/><author><name>Roberto Castillo Sandoval</name><uri>http://www.blogger.com/profile/11990492289469280012</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://2.bp.blogspot.com/_jUILtfjfgcA/SiCs1KGzfcI/AAAAAAAAAbA/PBBIvDKdl9U/S220/Video+Snapshot-2.jpeg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-18618136.post-113989575566525274</id><published>2006-02-14T00:21:00.000-05:00</published><updated>2006-02-14T01:10:25.870-05:00</updated><title type='text'>EL “NARIZ DE BOLITA” (1949-2005) Y LENA ESCUTI (1933-2005)</title><content type='html'>&lt;span style="font-size:85%;"&gt;(Fragmento de la colección de obituarios &lt;/span&gt;&lt;span style="font-style: italic;font-size:85%;" &gt;Los muertos se despiden- Crónicas mortuorias del 2005&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;.)&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;El “Nariz de Bolita” opina que la escritora Lena Escuti no puede haber inventado de la nada su best-seller “Alta Sociedad”. La última entrevista del torturador revela nexos inesperados entre el arte literario y la verdad histórica&lt;/span&gt;.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cada vez que sale libre bajo fianza o que logra “pegarse una arrancadita” de sus periódicas reclusiones, a Manuel Sepúlveda Mandujano, más conocido como el Nariz de Bolita, le gusta cenar al aire libre en la casa de parrilladas Donde la Chepa, en la carretera Sur, a la altura de Lonquén. Allí llego a encontrarme con él después de recibir su llamado por celular. Corre una brisa abochornada entre las mesas y los quitasoles de paja. El patio está casi vacío, porque el Nariz de Bolita se acostumbró a comer temprano cuando pasó un tiempo en Punta Peuco. Siento las manos y la espalda húmedas de sudor nervioso. Miro el cielo y pienso que crepúsculos como éste terminan con alguien muerto a la salida de un restorán o en un callejón, al lado de un depósito de basura.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://photos1.blogger.com/blogger/339/1539/1600/crepusculo.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/339/1539/320/crepusculo.jpg" alt="" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Pocas semanas después de esta velada, encontrarán a mi entrevistado en una vereda rural de Paine, en un atardecer idéntico a éste, con un balazo en el centro de la frente. El disparo –según peritajes de Investigaciones—saldrá de su propia arma, una Luger “Viuda Negra” de colección.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El garzón que nos trae la parrillada se llama Gustavo, según lo indica su chapita negra estilo McDonald’s. Gustavo trata al Nariz de Bolita con deferencia, casi con miedo. No se acerca a menos de un metro, pero sus ojillos permanecen fijos en la cara de su cliente habitual, atento a sus órdenes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando llega la comida, Sepúlveda Mandujano saca el filete de la parrillada sin quemarse los dedos y sin alterarse me trata de mentiroso. Me dice que me había mandado ubicar porque para él no soy mal periodista, pero que me había puesto mentiroso y además, lo que es peor, ingenuo. Añade otros motes de poca cortesía, sin perder la compostura. Yo me tengo que defender, porque sé muy bien de qué se queja.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le insisto que Lena Escuti escribió Alta sociedad sin tener contacto con expertos en inteligencia o personas allegadas al mundo de los servicios de seguridad. Así me lo había asegurado la misma autora, y yo no era nadie para dudar de su palabra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; -Imposible- dice el ex agente de la DIN- alguien tiene que haberle escrito el libro, o ayudado, a esa señora.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le pregunto cómo puede decirlo con tanta certeza.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; -Porque ese libro lo escribió alguien que entiende esa vida, punto. La atmósfera, la manera de hablar que teníamos, hasta los dichos que nadie más entendía, todo, punto. No puede haber inventado todo ella sola. ¿De dónde va a sacar todo eso? La escena del casamiento, ahí cuando el novio canta el tema de “El Hombre de la Mancha”, eso yo lo viví, pasaba siempre, era una costumbre que teníamos en las diferentes brigadas. ¿Cómo iba a saber ella ese detalle? Si el novio no sabía cantar “El sueño imposible”, o si no le daba el tarro, se la cantaban sus compañeros a coro, y punto. Era una costumbre que teníamos. ¿De dónde va a inventar todo eso esa señora? Alguien tiene que haberle contado los detalles. Con decirte que el libro inédito que yo escribí cuando salí de la doble P es una alpargata al lado del libro de esa mina, y eso que en mi libro salgo yo de personaje y todo lo que cuento lo viví yo en primera persona. Pero a mí quién me va a publicar en este país.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://photos1.blogger.com/blogger/339/1539/1600/LenaCover.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/339/1539/320/LenaCover.jpg" alt="" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Le reconozco que yo mismo me había sorprendido cuando Lena Escuti me aclaró que ella no había usado fuentes ni archivos, sino que había inventado todo lo que salía en la novela. Ella se leyó minuciosamente cuanta revista o diario de la época cayó en sus manos, pero como ciertas cosas no las dice nadie y no están registradas en ninguna parte, no tuvo más remedio que inventarlas. “Es cosa de tener un poco de imaginación—no es tan misterioso lo que hacía esta gente” –me dijo Lena- “cualquiera se puede imaginar una sesión de tortura, es algo simple y brutal que no requiere ningún talento más allá de la capacidad de dejarse poseer por el demonio de la crueldad que todo ser humano lleva por dentro”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lena Escuti apenas se aventuraba más allá del portón de su casa en la calle Cueto, porque era absolutamente miope. No es difícil creer que escribiera su novela a solas, porque como no podía salir, no veía a nadie; con la edad y con la creciente miopía se había convertido en una verdadera ermitaña. Yo había acudido a la cita con el Nariz de Bolita, a pesar de las advertencias, porque me daba curiosidad de saber qué opinaría del libro un torturador de verdad, un experto de la otra parrilla nacional, y por eso estoy aquí mirándole las manos gordas y sebosas a Sepúlveda Mandujano, como si ellas me pudieran dar alguna pista, sabiendo que en otras circunstancias esas mismas manos me habrían aplicado con gusto todos los tormentos de su repertorio. Tengo ganas de saber por qué tantos antiguos agentes de seguridad aseguran que el libro de Lena Escuti es una descripción fiel de ese mundillo clandestino y sobre todo de sus habitantes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; -Doña Lena era una señora de su casa, casi sin parientes vivos. No tuvo hijos, todos sus amigos estaban muertos, no tenía contacto con nadie- le alego al famoso Nariz de Bolita.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; -Estás equivocado, el primo de ella es Misael Escuti, que fue arquero de la selección y se vendió a los brasileños el año 62.&lt;br /&gt; -Eso nunca se comprobó.&lt;br /&gt; -Se vieron autos brasileños estacionados frente a su casa antes del partido.&lt;br /&gt; -Son rumores. Y eso no tiene que ver con Lena Escuti.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sepúlveda Mandujano me mira de mala gana, masticando un pedazo de carne, y mueve la cabeza, indicando que no quiere hablar con la boca llena. Usa dentadura postiza de buena calidad, caninos reforzados con titanio, como se reveló más tarde en el informe de su autopsia.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; -Te voy a dar otro ejemplo. Esto sí tiene que ver con el libro.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Yo espero a que termine de masticar y tragar. Le gusta la carne casi cruda marinada en cerveza. Se cruza los labios de un servilletazo y toma un sorbo de cabernet. Estaba oscureciendo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; -¿Te acordai de esa parte cuando el Miguelacho va a filetearse a ese dirigente y al taxista que lo andaba cuidando?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le digo que sí con la cabeza. Me toco los labios con el gollete tibio de la pílsener.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; -¿Te acordai que al Miguelacho como que se le tapan los oídos cuando se les va acercando por detrás? ¿Te acordai que se le coloca la vista vidriosa y como que escucha que va pasando un tren, y no puede entender lo que están hablando? Así mismo me coloqué yo cuando me tocó darle el tunazo al cabro Jiménez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sé de quién habla: Marcelo Jiménez, estudiante universitario y dirigente. Su cuerpo apareció en la playa de Horcón, con marcas de tortura en el cuerpo. Me doy cuenta de que el Nariz de Bolita nunca ha reconocido el crimen en los tribunales, siempre ha negado cualquier participación. Siento que el pelo de la nuca se me eriza y me pregunto si él se da cuenta de lo que me está pasando.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; -El que escribió eso tiene que haber pasado por lo que pasé yo, punto. Fue igual como si uno estuviera apretando el gatillo y sintiendo la patada del arma.&lt;br /&gt; -Jiménez fue el primero- le digo para disimular el escalofrío.&lt;br /&gt; -Bueno- contesta- yo maté a varios en total. Yo no te ando con huevás. Así es la guerra, uno mata a los huevones enemigos porque uno no se manda solo, y porque si no, ellos lo matan a uno. A mí casi me llega una vez. Uno me tuvo en la mira pero se cagó en tres tiempos y se le fue la puntería, por eso estoy vivo yo y él está desaparecido.&lt;br /&gt; -Pero eso qué tiene que ver con el libro.&lt;br /&gt; -Espérate, no te apurís. Antes de leer el libro yo había estado varios años en el servicio y me había cargado a uno solo, en un allanamiento, de pura casualidad, un hueón que se botó a pucho y me pilló con el seguro sacado. Después de que me leí el libro de esta mina yo me cargué a varios, pero lo hice con cálculo. Con eso te digo todo. Así era esa guerra, con el libro de esa vieja aprendimos que así era esa guerra, que había que pensarla bien. Había que reprimir, pero también había que analizar. Yo era analista ochenta por ciento del tiempo y el resto también. Nos pasábamos el día revisando papelitos, recibos de la luz, boletos de micro, probando llaves, haciendo organigramas. Ya no matábamos por casualidad.&lt;br /&gt; -¿Cómo lo leyeron en el servicio si estuvo prohibido el libro?- le atino a preguntar para romper el silencio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Me mira con una mueca despreciativa y entiendo que entre ellos todo lo prohibido circulaba libremente. Apuro el último trago de mi cerveza, sintiendo el calor en el pecho y la bajada de presión que marcan el comienzo de toda borrachera. Le pregunto si cree que la influencia del libro es una excusa para justificar la violencia fría de la verdadera DIN. El Nariz de Bolita me apunta con el tenedor, sin dejar de masticar. Mastica y mastica mientras yo empiezo la tercera chela. Traga, la piensa un rato, y contesta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; -No, pero ese libro nos creó la fama y esa fama había que mantenerla. Nos hizo aparecer como hombres de honor y como gallos de palabra, como gallos duros, pero de palabra. Fue como El padrino para los de la Cosa Nostra. De la película y del libro a veces sacábamos qué decirles a los marxistas, cómo hablarles. Esa parte cuando el coronel Barría le habla a un prisionero, al principio del libro, me la aprendí de memoria: “Ahora tú y yo somos enemigos, y a mis enemigos yo los neutralizo como sea. Pero si te conviertes en amigo, entonces tus enemigos serán mis enemigos, y con ellos me arreglo yo. En cualquier situación, guardaré con mi vida mi honor de combatiente.”&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;La nariz del Nariz de Bolita se ve redonda y roja. Hace una pausa y sigue con entusiasmo, masticando un pedazo de carne que pasa de un lado a otro moviendo su lengua blancuzca.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; -Y había un compadre entre nosotros, uno que le decían el “Cabeza de combate” por lo duro, que agarró la costumbre de tratar a los presos de “usted”, igual que el polaco Krashnenko. Ése se la creía enterita y hasta se dejó un bigote igual que el personaje de la novela.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Le pregunto entonces si cree que no fue la DIN la que influenció a Escuti, sino que fue Lena Escuti la que influenció a la DIN.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; -Sobre todo la parte del honor. Pero esa ñata tenía informantes, o ella misma debe haber estado metida en algo. Los escritores no tienen tanta imaginación, ni menos todavía las minas.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://photos1.blogger.com/blogger/339/1539/1600/LenaPortrait.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 10px 10px 0pt; float: left; cursor: pointer;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/339/1539/320/LenaPortrait.jpg" alt="" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Se me ocurre que Lena Escuti encontraría esta conversación medio cómica, tragicómica quizás. Ella se definía así: “Soy una lauchita de biblioteca; mi máxima aventura de la vida real fue una vez que hice parar una micro equivocada y llegué a una parte de Santiago que no conocía, todo por no haberme atrevido a decirle al chofer que lo había hecho parar por error”. La crítica la trató muy bien con su primer libro, El infortunio del peregrino, que fue calificada por el cura Valente como “una obrita sólida, destinada a ser un clásico de la literatura femenina nacional”. Otro crítico la describió mucho después, con la intención de alabarla, como “la Virginia Woolf criolla, après la lettre”.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Lena Escuti explicaba que había escrito &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Alta Sociedad&lt;/span&gt; porque estaba en aprietos económicos. Por cierto, esos problemas se solucionaron con el tremendo éxito de la novela y sobre todo de la película, y ella no se arrepintió nunca ni pidió disculpas a los dioses literarios por eso. “Me alegro mucho de haber dejado de escribir &lt;span style="font-style: italic;"&gt;pequeños clásicos de la literatura femenina&lt;/span&gt;”, declaró. Después de &lt;span style="font-style: italic;"&gt;Alta Sociedad&lt;/span&gt;, desde el extranjero se le pidió que escribiera reportajes sobre el submundo de la policía de seguridad, pero Lena se negaba, diciendo que no sabía nada sobre la DIN de la vida real. Lo que era muy cierto: su DIN era una DIN estilizada, y tal vez por eso el libro -y sobre todo la película hecha en Hollywood- influenciaron a una generación entera de sicarios y agentes de seguridad en toda América Latina.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://photos1.blogger.com/blogger/339/1539/1600/MamoCarnet.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0pt 0pt 10px 10px; float: right; cursor: pointer;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/339/1539/320/MamoCarnet.jpg" alt="" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;Como la mayoría de los torturadores que han colaborado con la justicia, aunque sea a medias y a regañadientes, Sepúlveda Mandujano dice que no fue él quien traicionó a su institución, sino que fue la institución la que lo traicionó a él:&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; -Ya no habían escrúpulos -dice- ni respeto por los reglamentos y la tradición. Todo eso estaba en Alta Sociedad, pero en la primera época, no más, después eso se acabó, nadie se hizo responsable.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Entonces le cuento que va a salir muy pronto la última novela que escribió Lena Escuti, &lt;span style="font-style: italic;"&gt;El pacto de silencio&lt;/span&gt;. Sepúlveda Mandujano murmura sonriendo que va a reservar su ejemplar con anticipación. La conversación parece propaganda de la editorial: me imagino al Nariz de Bolita contratado para hacerle publicidad a una novela, con su cara manchada, su tic nervioso y esos ojos desorbitados, demasiado brillosos flanqueando su nariz color violeta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; -Apuesto que van a decir que la escribió solita también- pregunta sin preguntar.&lt;br /&gt; -Así dicen- le contesto, estirando los billetes de la cuenta.&lt;br /&gt; -Si no le ayudó nadie, si nadie le sopló, entonces la viejuja es un genio- masculla el Nariz de Bolita, desviando la vista como hacen los chilenos cuando saben que han dicho algo provocador.&lt;br /&gt; -Usted sabía que la encontraron muerta hace un par de semanas, ¿o no?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;El Nariz de Bolita me devuelve la plata, le hace una seña con la ceja a Gustavo, se pone de pie, y me pregunta de qué murió Lena Escuti. Agarra la servilleta manchada de cabernet. Se limpia la grasa quemada y el tanino que le tiñe la boca. Dejo un par de monedas cobrizas sobre el mantel. Me incorporo para contestarle.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; -No se sabe muy bien. Algunos dicen que se cayó y que no hubo nadie que la ayudara. Una muerte tonta, sin sentido. Pero todo el mundo que la conoció asegura que fue suicidio.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Sepúlveda Mandujano se ajusta la corbata ochentera y sonríe por primera vez en toda la velada. Tiene una sonrisa campechana, cálida y cordial, sorprendente. Antes de hablar, lo traiciona el último tic que le recoge la mejilla. Al abrir el labio superior se revela que el vino le manchó de negro la dentadura falsa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt; -Todos nos tenemos que morir de algo ¿no es cierto? Cuando a mí me llegue la hora, esta huachita sabrá cumplir con su deber. Antes muerto que sin honor.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Y, sin dejar de mirarme a los ojos, el Nariz de Bolita se abre la chaqueta y acaricia la cacha de su Luger con su mano regordeta y pegajosa como un bistec crudo.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;div style="text-align: center;"&gt;&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://photos1.blogger.com/blogger/339/1539/1600/Luger.jpg"&gt;&lt;img style="margin: 0px auto 10px; display: block; text-align: center; cursor: pointer;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/339/1539/320/Luger.jpg" alt="" border="0" /&gt;&lt;/a&gt;&lt;span style="font-size:85%;"&gt;Foto cortesía LabCrim Investigaciones&lt;/span&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/18618136-113989575566525274?l=ficcionessecretas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ficcionessecretas.blogspot.com/feeds/113989575566525274/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=18618136&amp;postID=113989575566525274&amp;isPopup=true' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18618136/posts/default/113989575566525274'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/18618136/posts/default/113989575566525274'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://ficcionessecretas.blogspot.com/2006/02/el-nariz-de-bolita-1949-2005-y-lena.html' title='EL “NARIZ DE BOLITA” (1949-2005) Y LENA ESCUTI (1933-2005)'/><author><name>Roberto Castillo Sandoval</name><uri>http://www.blogger.com/profile/11990492289469280012</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='24' src='http://2.bp.blogspot.com/_jUILtfjfgcA/SiCs1KGzfcI/AAAAAAAAAbA/PBBIvDKdl9U/S220/Video+Snapshot-2.jpeg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-18618136.post-113989139142719280</id><published>2006-02-13T22:03:00.000-05:00</published><updated>2006-02-14T01:05:25.896-05:00</updated><title type='text'>NÁUFRAGOS</title><content type='html'>Para Eduardo Villegas&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Cuando vi que el avión plateado estallaba contra la torre yo iba en camino a esa parte de Manhattan con una pega y lo primero que atiné fue a meter el freno, con la suerte que los autos que iban delante mío también pararon, las luces traseras brillando como alarmas rojas, y después parpadearon por un rato, todo el mundo a la vuelta de la rueda, freno y gas, freno y gas, hasta que de repente como que a nadie le importó una raja y se largaron a correr, igual no había para dónde ir en la avenida de un solo sentido, pero obligado a seguir el tráfico que me empujaba, el acelerador abajo, así me fui pegado al de adelante, encajonado con el de atrás y con el del lado, y sin soltar el manubrio le largué un chorro largo de detergente al limpiaparabrisas, para ver mejor lo que se estaba pasando, porque se me metió en la cabeza que en algún momento tenía que contarle a alguien cómo fue el panorama de la isla con el cielo tan limpiecito de esa mañana mientras las torres echaban humo y llamas igual que un par de velas de cumpleaños mal apagadas, y de repente se armó un taco de la conchesumadre, como que el tiempo se quedó pegado igual que el tráfico, y ahí me quedé mirando los helicópteros colgando entremedio del humo, y vi que la primera torre perdió el equilibrio y cayó como queriendo darse una vuelta, como cuando te meten el chuzazo y tú piola para que no te rochen lo mal que quedaste, así se aguantó la torre hasta que se desparramó en cámara lenta, cuando vi eso pensé de nuevo que seguro en algún momento del futuro tenía que contar lo que fue ese medio espectáculo, y cuando digo el futuro es por decir el año en que se destiña el azul del cielo, a lo mejor cuando ya no me importe más de qué color amanece el cielo, cuando me dé lo mismo, a lo mejor cuando yo me haya ido de este país de mierda, a lo mejor cuando me haya vuelto después de tanto tiempo a mi propio país de mierda, y cuando esté muy lejos de esa mañana en que apenas se abrió de nuevo la circulación apreté el acelerador del furgón como si debajo se estuviera abriendo un precipicio y como si la velocidad afirmara el pavimento debajo de mí, porque la isla entera parecía que de un momento a otro iba a irse para abajo igual como se hundió la torre, de repente, en medio de una fumarola amarilla igual que un volcán mientras la gente miraba ahueonada como si no entendiera nada, la gente con la boca abierta y las lágrimas corriendo igual que los cabros chicos cuando no saben explicar qué chucha les pasa pero tienen miedo y lloran los pendejitos desde el fondo del corazón, cuando saben que nadie los va a defender, y cuando te pasan los aviones rugiendo por encima, ahí entienden lo que es estar solo, y ahí se me empezaron a ocurrir puras huevás, para defenderme, no me acuerdo de todo lo que se me pasó por la cabeza, pero una de las que me acuerdo era que sentirse así de solo y asustado era como morirse en vida, y se me ocurrió en medio de toda esa pelotera que todo lo que estaba pasando yo ya lo lo había vivido y que ese derrumbe de la torre era como un terremoto al revés, leseras así pensaba yo mientras miraba cómo se caía la otra, igual como si se la tragara la tierra, pensé que todo eso era un terremoto dado vuelta, el epicentro era la rajadura del cielo por donde aparecieron los aviones, un terremoto que iba de arriba para abajo aplastando las torres contra la tierra, era un terremoto con las raíces al aire, todo patas para arriba, todo al revés, así me imaginé que lo verían las figuritas que se tiraban al vacío cuando sentían que las torres ya estaban a &lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://photos1.blogger.com/blogger/339/1539/1600/jumping_1.jpg"&gt;&lt;img style="float:left; margin:0 10px 10px 0;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/339/1539/320/jumping_1.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt;punto de caer, se tiraban aleteando como si nadaran hacia alguna superficie donde respirar, con el maletín james bond apretado en la mano y corbata al viento, a lo mejor sin pensar que en vez de salvarse se iban a hacer polvo en ese plano duro y brillante, sin pensar que al final los pedacitos chicos de sus cuerpos se iban a mezclar con el derrumbe y que ese polvo hecho de muertos pulverizados lo íbamos a respirar todos los que vivimos en Nueva York, así que tienen que imaginarse lo que sería estar ahí con el derrumbe todavía hecho una nube espesa en esa isla donde ya se respiraba puro polvo y ceniza, y yo buscando con qué hacerme una máscara para taparme la cara, se me daban vuelta los puntos cardinales, las torres eran como mi cordillera hundida, así que paré y subí las ruedas del furgón a la cuneta y estacioné en la vereda ilegal no más, y justo a tiempo, porque ahí sí que se vino encima el huracán, la ola de polvo, y apareció la estampida de muertos en vida que venían arrancando de downtown, con el pelo, la ropa, la cara cubierta como con una harina de miedo, las lágrimas corriendo encima de ese polvo que los tapaba, todos con el mismo maquillaje blanco, y ahí el limpiaparabrisas se me quedó pegado, los filtros de aire se saturaron, el motor corcoveó, se paró, y no voy a mentir, en ese momento en que se tapó el sol y se hizo de noche en un segundo como que se me pararon los pelos de la nuca y un tiritón me bajó por la espalda, y me agarró una tos que igual que vómito, y por no ensuciar el furgón abrí la puerta sin pensarlo, como si estuviera mal esconderme en la cabina mientras la gente afuera se asfixiaba, pero afuera sentí que me ahogaba y no vi a nadie para poder rescatarlo entremedio del polvo y la oscuridad, y volví a cerrar la puerta con las dos manos para esconderme, y la fuerza de la polvareda era tanta que se filtró por los conductos de aire dentro del vehículo como si la soplara el diablo, y escupí el barro blanco que se me acumuló en la boca, cuando quise respirar lo que me entró en la garganta y en el pecho fue como una llama que tenía olor a sangre y a parafina, y dije gritando, con carraspera, cómo mierda lo voy a hacer ahora, y buscaba a ver si se abría un lugar en el cielo para ubicarme, primer paso para cumplir la pega, porque con toda la cagada que estaba quedando igual yo quería cumplir con la pega, no porque yo sea el trabajador más comprometido sino porque así era esa pega que yo tenía, y era el primer día que me habían encargado una pega yo solo, no se podían dejar las cosas para el otro día, no podía defraudar, había que terminar el encargo porque no era cualquier cosa, yo no andaba acarreando muebles, sino cosas más delicadas, era transporte, digamos, de bienes perecibles, por decirlo de alguna manera, y como para acordarme de esa verdad eché una mirada de reojo hacia atrás en lo más oscuro del furgón y menos mal que el pasajero estaba tranquilito el perro a pesar de que con el zarandeo, seguramente cuando subí a la cuneta de un chancacazo, se soltó de las amarras de la camilla y quedó todo despeinado en el piso del furgón, para darle la razón a lo que decía la flacuchenta de la jefa, que hay dos cosas que no perdonan, la ley de la gravedad y el rigor mortis, y tenía toda la razón la flaca portorra, considerando la posición del pasajero, que estaba encajado de medio lado entre las ruedas de la camilla y el costado del furgón, pero a pesar de eso no dejaba de ser un pasajero distinguido, con su corte de pelo de esos de tijera fina y masaje, un corte arriba de los cien dólares, y se le veía la piel suavecita y hasta tostada, un tipo encachado con su amor propio y su dignidad a pesar de que estaba con uno de los ojos entreabierto de la impresión y con la boca medio chueca, como mordiéndose el labio de abajo con el colmillo salido, entonces le dije yo, te habrai imaginado alguna vez, le dije yo, la media cagada que está quedando y vos en pelota en el piso de un furgón, gringo huea, no tenís idea, le dije yo, y en eso estaba conversándole al cliente cuando todo quedó todavía más oscuro y se nos vino encima la ola de polvo de la segunda torre y en la sombra se veía el ojo entreabierto del pasajero brillando en la oscuridad como si fuera un ojito de gato, y afuera el cascote pulverizado se sentía como granizo por todas partes, me acuerdo que se fue el ruido de las sirenas cuando cayó la segunda torre, me acuerdo de lo callado que se sentía todo mientras caía la lluvia de restos que se regó por todas partes, como lluvia seseaba en el techo y en los vidrios, era un remolino en cámara lenta, pedacitos de gente, papeles, fotografías, muebles, hilachas de ropa, botones, vidrio, azulejos, pero más que nada polvo y más polvo, era como un murmullo de residuos que caía suavecito en el pavimento y en las cosas inmóviles casi con ternura, eso era todo lo que se oía, el repiqueteo en el metal, y el furgón se movía de lado a lado con las oleadas y los remolinos que iban y venían entre los rascacielos mientras adentro mi pasajero se mecía en el piso del furgón,&lt;a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://photos1.blogger.com/blogger/339/1539/1600/N6%20-%20West%20Street%20Alexandre%20Fuchs%20September%2011th%202001.jpg"&gt;&lt;img style="float:right; margin:0px auto 10px; text-align:right;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://photos1.blogger.com/blogger/339/1539/320/N6%20-%20West%20Street%20Alexandre%20Fuchs%20September%2011th%202001.jpg" border="0" alt="" /&gt;&lt;/a&gt; obediente y tranquilein, y por hacer algo me levanté del asiento para acomodarlo sobre su espalda, para que no se le fuera toda la sangre a un solo lado porque después iba a ser imposible trabajar con él, así que lo apuntalé con su ropa que venía envuelta en una bolsa de plástico sellada, junto con las otras pertenencias que se le hallaron y tengo que decir que mientras lo acomodaba se me cruzó por la mente la idea de vestirlo y dejarlo ahí para arrancarme a un lugar seguro, porque quién me iba a culpar por abandono de deberes cuando el cielo se estaba cayendo, total qué importaba entremedio de la tremenda cagada, pero cuando lo empujé con la punta de la zapatilla para que quedara de espaldas mirando fijo el techo con el ojo que ahora estaba totalmente abierto, me dio una cosa como miedo por él, me dio harto miedo, no por mí, porque nunca le he tenido miedo a los fiambres, sino miedo de dejarlo solo, como si fuera malo dejarlo botado, tan expuesto, tan inocente, tan en pelotas en ese infierno que había afuera, y así me quedé mirándolo como si me fuera a hablar, y por no desesperarme le seguí conversando leseras, a contarle cosas, qué se yo, hasta algunos secretos, le empecé a plantear opiniones, sobre la vida, sobre qué chucha había pasado, entonces mientras más le hablaba yo más abría el ojo él, hasta que no aguanté y le abrí el otro párpado con la punta de mi meñique para que me mirara bien con los dos ojos, porque cuesta cerrarles los ojos pero abrirlos no cuesta nada, igual quedó con esa mirada hueona de los muertos, como diciendo qué me pasó, pero me acostumbré a su mirada de ciego que era como si viera algo detrás de mi hombro, y con esos ojos como que me pedía algo y yo me puse a adivinar qué me estaba pidiendo y se me ocurrió abrigarlo, le tapé primero el pecho con su camisa blanca y después los hombros con la chaqueta que estaba doblada en la bolsa de plástico, una chaqueta negra, arrugada pero bonita, pasada a trago y a transpiración añeja, y después le puse encima de las piernas sus pantalones que estaban rotos en una rodilla y embarrados por todas partes pero que se notaban también de buena calidad, cosidos a mano, ropa hecha a la medida, pero no me animé a vestirlo porque el hueón era grande y ya estaba hinchándose un poco porque tenía ya como doce horas y me provocaba asco, igual como mezclado con ternura, afuera se empezaban a escuchar gritos y carreras, las sirenas de las bombas y de la policía, pero dentro del furgón lo que se escuchaba era yo, me escuchaba contarle cosas y entonces como el gringo se quedaba mudo yo le comentaba lo que yo mismo le había dicho, y entre esas cosas le decía, un poco para la chacota, un poco con susto, y a veces con pena, que qué le parecía que yo le estuviera hablando a un finado, a un hombre bien adentrado en su muerte, qué le parecía que yo estuviera metiéndole conversa a un güey que ya empezaba a avinagrarse y a perder la compostura de la vida, un tipo al que ya se le estaba disipando el vuelito de vida que mantienen por un rato los fiambres, ese vuelito a uno lo hace pensar que los muertos siguen siendo iguales a nosotros, o por lo menos más iguales a nosotros que a una piedra o a un palo, antes de que se deshagan y se separen el aceite y el agua y que suelten la humedad y se les ablanden los tendones y las amarras que los sujetan por dentro y se les deshaga la piel y los órganos se hundan hacia el precipicio que vendría a ser el propio esqueleto, y así, mientras pasaba el tiempo, en una de esas vueltas, entre silencio y silencio, debe haber sido ya bien entrada la tarde, le confesé a ese gringo que todo eso que había pasado yo lo había soñado y deseado, que yo había sido el profeta de cuando el día de Manhattan se transformó en noche, que yo había soñado que todo eso se destruía y se borraba, el hundimiento y el incendio de la isla, que había sido un sueño largo y bonito como todos los sueños de venganza, y mirándolo a los ojos le contesté todas las preguntas que me hizo con su modo de muerto sentido, con su mirada sin pestañeos, mi pasajero y yo conversamos de todo, y cuando entramos finalmente en confianza, me contó su vida y le pregunté por qué chucha se había matado la noche antes de un día tan importante, siendo un tipo que las tenía todas para ser feliz en este mundo, y me dio su respuesta, y yo se la oí con atención, y cuando ya no nos quedó nada más que decirnos, me quedé dormido apoyado en su pecho, y cuando me iba quedando dormido sentí sus dedos enredándose en mi pelo, y los dos fuimos un náufrago que encontró sin querer buena compañía.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/18618136-113989139142719280?l=ficcionessecretas.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://ficcionessecretas.blogspot.com/feeds/113989139142719280/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' 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